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 Correr en la montaña es distinto a todo lo demás La selección del calzado y los movimientos de las articulaciones deben optimizarse en relación a la superficie de carrera. En superficies de cemento, un corredor busca normalmente un calzado donde el efecto rebote se minimice y la incidencia en la planta del pie le permita desempeñarse con normalidad. En cambio enterremos montañosos o en carreras sobre arena, los obstáculos son otros.
En estos casos el cuidado del tobillo ocupa un papel importante donde cada persona debe tomar en cuenta la importancia del movimiento de las articulaciones y obtener un mejor resultado en el auto observación y el concomimiento personal. Es de gran valor además que en el desarrollo de una competencia montañosa el entrenamiento del pensamiento realice su aporte con una excelente concentración y un a gran estructura de objetivos.
Cansancio en la montaña
El cansancio es el gran obstáculo del corredor en todas las competencias de maratón. En un contexto general llegar a lograr una superación personal relacionada con el cansancio es lo principal frente a los inconvenientes de la carrera. El cansancio debe ser superado de un modo progresivo pero siempre trabajando en un buen entrenamiento físico y una excelente predisposición mental. En los términos generales la competencia montañosa posee muchas mas cuestas que la carrera de maratón tradicional.
El terreno es mas irregular y en la mayoría de los casos se corre en parejas deportivas para evitar estar solo ante un inconveniente de lesiones. Uno de lo ejemplos mas notorios de competencia de maratón en montaña es el que se plantea en la competencias de los Andes, entre Argentina y Chile.
Protección
Proteger los tobillos es una prioridad en muchos corredores de fondo. Lograr conocer las estrategias de desplazamiento e incorporarlas de un modo natural para evitar lesiones es una importante herramienta de superación en la carrera. Muchos competidores deciden vendar los tobillos, además de utilizar refuerzos como tobilleras en el calzado.
La competición de montana exige un movimiento de las articulaciones que además del tradicional esfuerzo de carrera puede presentar movimientos por malas pisadas ya que se debe colocar el pie en diferentes posiciones para superar los desafíos del terreno. Proteger las articulaciones es una prioridad en cualquier carrera de fondo.
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 La carrera de los Andes pone a prueba la resistencia física y mental En la actualidad existe una carrera de maratón que se extiende en algunos tramos de la cordillera donde el paisaje imponente se mezcla con la dureza del terreno que exige del corredor una concentración importante y una motivación que con solo observar el paisaje se potencia para enfrentar las particularidades del camino. Al participar de esta competencia muchos corredores no logran concretar la prueba.
Además de enfrentarnos a la dureza de una carrera de maratón tradicional, la carrera de los Andes exige del corredor una importantes concentración y un esfuerzo físico que debe completarse enfrentando un terreno en cuestas y con numerosos desniveles, ya que la carrera se desarrolla por todo tipo de superficie además del camino de cemento que se extiende entre Argentina y Chile.
El corredor
En este tipo de carrera el cuidado de las articulaciones inferiores posee un importante valor, ya que el terreno exige un movimiento constante de los tobillos en el desplazamiento. El paisaje imponente aporta una motivación extra a los corredores que intervienen en esta dura prueba. En la organización se ha determinado que ningún corredor puede participar individualmente, cada participante debe correr en parejas. Las duplas además de participar juntos, han desarrollado con anterioridad un extenso entrenamiento donde además de optimizar la resistencia y entrenar en fondo deben armonizar sus ritmos para lograr un buen desempeño de equipo.
La historia
En la independencia de América Latina, la proeza del cruce de los Andes por el ejército del General San Martin, protagonizó una acción única que es analizada hasta la actualidad y que numerosos corredores toman como una motivación extra para participar de este evento deportivo. Al igual que en cualquier competencia de maratón, no todos los corredores culminan la prueba. El cuidado del organismo es de gran importancia y la concentración juega un papel determinante para seguir adelante.
Los corredores deben interiorizar un evento particular para optimizar el rendimiento. En esta competencia en particular, los competidores nos son multitudinarios, se cuentan de a cientos, pero no son los miles que integran las competencias en las ciudades, sin embargo el evento tiene una gran convocatoria deportiva que se enmarca entre las pruebas de aventura mas interesantes de la actualidad.
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 El flamante ganador del I Concurso de Relatos maraton.es -¡Puff, y encima ahora nieve! ¡Vaya carrerita que tenemos hoy!- Mientras recibía una y otra vez todo el peso de Juan Carlos, Tackie iba maldiciendo el día que su dueño se decidió a apuntarse a este Kilómetro Vertical que le estaba haciendo padecer más de lo normal. Como buen taco, estaba acostumbrado a que sobre él recayese toda la masa del corredor de forma repetida mientras iba perdiendo su esencia, mientras iba desgastándose poco a poco hasta consumirse.
Pero esta vez había sido diferente, vale que el entrenamiento había sido duro, dos semanas seguidas haciendo catorce o quince kilómetros seguidos, pero aunque fuesen cuesta arriba el tiempo les había respetado y además lo hacían sobre asfalto. Pues aunque éste le consumía de forma más acelerada, lo prefería a los caminos de tierra, con la roja arcilla que no le dejaba ni respirar. La subida de aquel domingo era un infierno al lado del entrenamiento, Tackie iba al límite, contra viento y marea, como dicen en las películas de marineros y piratas. Los otros tacos de aquel par de “Asics” pensaban igual que él. E igual que ellos todos los tacos de las zapatillas que les iban adelantando o que ellos adelantaban. Ninguno de ellos recordaba tal sufrimiento, tal desgaste… y en aquella subida dominical todo parecía en contra de Tackie y sus camaradas.
Primero, tras tres o cuatro kilómetros de tierra que les habían dejado sin respiración, metiéndoseles el polvo por todas sus juntas, apareció el agua en forma de charcos que la lluvia se encargaba de llenar. Tackie notaba como Juan Carlos iba bajando el ritmo conforme las cuestas iban ganando en pendiente. Y lo notaba porque cada vez las fricciones y golpes eran más intensos. Un par de veces la carrera estuvo a punto de acabar para ellos, pues las rocas se volvían resbaladizas con el chaparrón que estaba cayendo y Juan Carlos casi se tuerce el tobillo. La carrera se convirtió en un verdadero viaje iniciático como el de Jesús y sus cuarenta días por el desierto, sólo que ni Tackie ni sus compañeros sabían el final feliz de la historia. Allí estaban, padeciendo como unos condenados a galeras que el salitre no deja de golpear su rostro. Ahora su salitre era el barro, con la arcilla sin dejar ver a sus compañeros de suelo. No era la primera vez que Tackie “disfrutaba” del barro, pero esta vez la cosa se estaba desmadrando, pues el lodazal duró varios kilómetros. Y cuando se acabó el barro la cosa fue peor.
Al subir en altura la lluvia se convirtió en copos de nieve. Estos no molestaban, pero el palmo de nieve acumulada sí. ¡Cómo no se le ocurrió a nadie de la organización anular la carrera en medio de aquel temporal! ¡Los espartanos al lado de los organizadores eran hermanitos de la caridad! El cruzar la meta entre los diez primeros lo cierto es que, además de una satisfacción personal para Tackie y el resto de sus compañeros de suela, supuso un descanso de lo más merecido. Cuando Juan Carlos se sentó a entrar en calor, lo primero que hizo fue sacar sus pies de las zapatillas y cambiarlas por unas bien secas. Con un sencillo lanzamiento al cubo de la basura acompañado de un lapidario “putas zapatillas”, la vida de Tackie junto a su dueño finalizaba. Ahora empezaba su carrera más triste.
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 La diferencia entre estar dentro y fuera A los míos, porque sí Match Point
En ese plano genial de Match Point en el que un anillo flota en el aire antes de caer o no a las aguas del Támesis, de caer o no al piso y hacer que algunas cosas cambien; en ese fragmento de obra maestra estoy pensando ahora, antes de que empiece todo, mirando la valla amarilla que nos distingue del público, tan cerca pero separados. Nada más fácil que dar dos pasos, un salto y cambiar de bando, soltar los imperdibles y decidir no ser parte de este juego doloroso. Nada más fácil. Nada que ver con el azar. Nuestra elección tiene que ver con el egoísmo. Hemos decidido estar, hemos decidido hacerlo otra vez más, untarnos de vaselina y reflex, gritar como posesos, abrazarnos, escuchar el disparo y empezar a correr. Por fin, correr.
La salida sigue emocionando a pesar del paso del tiempo. Ver a la Rubia de verde y a mi padre imitando mal a Robert Capa me tranquiliza. Pensar en V, también. Levanto el brazo. Me voy. La Castellana es un trámite para llamar al sudor. El suelo no vuelve a empinarse hasta Raimundo Fernández Villaverde. Una desconocida lee en la camiseta y me anima; me siento egoísta, los ánimos nos hacen falta a todos. Busco en Fuencarral la pensión donde me quedé en junio y recuerdo la lluvia que me empapó esa noche. Este cielo de hoy no traerá agua. Por Sol paso medio cabreado porque es estrecho y me frenan un poco. Aplaudo a los músicos. Giro a la derecha y me voy colocando en el lado bueno. Voy recuperando el tiempo perdido en los primeros kilómetros. Junto al Palacio la carrera se hace ancha y más cómoda. Voy bebiendo y calculando cuando paso otra vez junto a los míos. “De momento bien”, les grito para tranquilizarles; cualquier cosa para evitar una pregunta o un consejo atroz de retirada si las cosas empeoran. No sé si les convenzo pero sigo para adelante. Llevo buen ritmo.
Paso por la media seguro y en el kilómetro veinticuatro ajusto por fin el reloj: dos horas exactas. Ahora a rebajar un poco y luego, mantener. Mucha calma. Empieza de verdad el infierno. No es que la Casa de Campo sea una casa de putas, no es eso; es, que de repente empiezo a ir mal. Aquí, donde la ciudad deja paso a los árboles, donde no hay coches aparcados, donde las cosas parecen más fáciles, me atasco. Trucos. Físicos y de los otros. La pastilla de glucosa que el Sombri me dio en la salida. La muerdo como puedo, escupo el envoltorio, intento masticar. Me ahogo. Algunos me adelantan. Eso siempre molesta: el egoísmo, ya lo dije. Bebo agua para que la pastilla no acabe conmigo, seguro que es solo un mal momento; es demasiado pronto para escalar muros. También intento seguir el ritmo de una chica morena con la camiseta empapada y muy pegada al cuerpo; no es un éxito pero da resultados más inmediatos que la química.
Entre unas cosas y otras se acerca el veintinueve y sé que toca ya sentir a la infraestructura Bolilla. La gorra hacia atrás para ver algo, la chica morena abandonada por ahí, agua, y un tramo limpio de carretera. Antes de una rampa en curva de las que tanto me gustan, tipo Tour, distingo con claridad las zapatillas verdes y el pelo rubio de Maite, y estiro un dedo y no digo nada, la miro a los ojos y me siento protegido, están arriba, me dice, y subo, veo una pancarta que no es la nuestra, saludo, y justo detrás la pancarta buena y los locos gritando. Es la hostia pasar al lado de ellos, sin decir nada, viéndoles dar saltos, oyendo mi nombre de guerra, echándome encima casi de la Fonta. En mi libro personal de peticiones pido dos cosas: que no cambien nunca. Y que el capitán llegue por lo menos hasta esta curva. Después de las emociones vuelven la calma y el dolor. Miles de cálculos con el reloj. El miedo a las kilómetros que empiezan por tres. La sicóloga le pidió a Sombri que durante la carrera contase para no aburrirse. Cualquier cosa, los pasos que daba con una pierna, los árboles, los segundos. Yo le imaginé contando tortazos o calimochos de tres en tres o llamadas perdidas. A él no le hace falta. A mí tuvo que venir V, como siempre, a sacarme del pozo.
Tres cero cinco en el treinta seis: nada mal. Si no fuera porque estoy medio muerto. El cuello, la cadera, el empeine, el calor. No seas maricón, no te vayas a rendir ahora. No es la gente. Soy yo el que lo dice. Qué son seis kilómetros. Quién se ha muerto por recorrerlos. Me paro sin querer, en una melé ante una mesa de avituallamiento. Aprovecho para respirar y camino unos pasos, bebiendo, mirando, pensando. Volver a correr duele. Sé que pararé más, y sé también que no importa. En setiembre en Valladolid, vestido de calle, tuve que ir hasta el coche deprisa a buscar no sé qué. Eran cinco minutos de nada. No pude. Paré en medio de la calle, sin apoyarme, en silencio. Un dolor punzante me atravesaba el gemelo izquierdo. Llevaba tres meses sin entrenar. Me sentí muy mal. Pensé que no volvería a correr nunca. No tengo ni idea de por donde ando. He pasado el Calderón, pero ahora las calles se me hacen todas iguales. La gente ha acabado con el silencio y empieza a poblar otra vez el borde de la calzada. Qué tendrá la palabra de un desconocido para que empuje tanto. Camino un poco. Estoy seguro de no haberlo decidido yo. Las pocas decisiones que me queden serán para reanudar la marcha. No me fío de los carteles. No me fío de mí.
El protagonista de Match Point es una fábrica de egoísmo. Decide lo que quiere, lo que le gusta, y el precio de aquello a lo que tendrá que renunciar. En el camino sufre, pero sigue adelante. Luego, el anillo cae del lado bueno. Admito que la Rubia habrá vuelto a su infancia de pescaderías y de la Calle Calatrava. Casi prefiero que recuerde mi imagen de hace un par de horas en Bailén en vez de tener que sufrir viendo este deshecho que soy ahora y que no hace más que derramarse botellas de agua con la gorra puesta. Me arrastro. No consigo ver el final de Menéndez Pelayo. No consigo recordar el plano para ver donde terminaba la subida. Un tragaleguas me anima. La gente nos dice valientes y campeones y otras mentiras menores. De repente mucho ruido. Por fin la curva hacia la izquierda, el piso llano. Se me echa encima un grupo numeroso y los sigo, o eso creo. Otra ver girar para entrar en el Retiro. Los Bolillas y sus gritos. Mi brazo en alto. Por ustedes. Dentro del parque las vallas me separan del público otra vez. Siento el asfalto destrozándome. Por costumbre elijo la zona izquierda. No veo a nadie. Aplaudo, creo. No sé a quien. Está la meta ahí enfrente. Yo decido si llegar o no. Yo decido lágrimas o puños apretados. Yo decido en quien pensar. r.e.c.
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 Tercer premio del I Concurso de Relatos maraton.es
No sabría decir cuándo comenzó a agradarme correr, creo que fueron los recuerdos, al hacerlo era capaz de soñar con mi padre con una claridad sin igual, e incluso podía comunicarme con él…
-Veamos, una vez más, – repetía al oído mi entrenador después de una serie de carreras de cincuenta metros– Pastrana siempre es el primero y tú Valdés, segundo. Demasiado bueno… ¿no? ¿No podrás invertir los resultados?
Yo escupía la bilis que se acumulaba en mi garganta y afirmaba con la cabeza. Él sonreía, me daba dos cachetes, y me enviaba a la ducha. Me cambiaba y apurado tomaba el autobús veintiuno hasta la plaza central.
En el supermercado dejaba un par de monedas a Juan, el paralítico que aguardaba a la entrada, compraba deteniéndome apenas unos minutos en el puesto de verduras de Lorena.
- Qué tal, Valdés. ¿Ganaste? Yo desviaba la vista sobre unos racimos de uvas.- Ah, hiciste segundo, genio. ¡Ya ganarás! Además ganar es lo de…
- Sí… lo sé. Pero se burla.
- Quién
- Ése… Pastrana.
- ¿De ti?
- ¿De quién va a ser…?
- Tranquilo, no te enfurezcas. ¿Eh?
Me gustaba Lorena, pero mis pesadillas eran con Pastrana, y sus humillaciones, continuas. Todo por ser un eterno segundón. Y no estaba mal, yo era bueno, un gran atleta, y me había costado mucho llegar a donde estaba; pero él, en la media maratón, era el mejor.
Después volvía a casa. Mamá llegaba del trabajo cansada y de mal genio. Que si fueras como tu padre y ganaras dinero, que tu padre se murió de tanto trabajar, que ahora me tocará a mí, solo sabes estudiar y correr mal, y por qué no dejas de correr como un pato mareado. Cenábamos en silencio, recogía y lavaba la vajilla, planchaba la ropa para el día siguiente, me duchaba frotándome bien con jabón Heno de Pravia, me afeitaba cortándome siempre en la barbilla, y me encerraba en la habitación. Ponía un Cd de Damien Rice me colocaba los auriculares y me transportaba a la sierra y a un día de campo primaveral, aireado por una suave brisa fresca del norte que alborotaba mis cabellos. Yo estaba sentado bajo un pino, papá cocinaba en una parrilla chuletas y choricitos que olían a placer. Entonces quería hablar y preguntarle cosas, como por qué se había ido, pero no era como en las carreras, apenas lo intentaba se atenuaba y se esfumaba y todo volvía a ser igual; es decir, real.
Llegaba otro fin de semana, y una nueva prueba que afrontar en el calendario. Daban la salida. Al principio me costaba arrancar; todo era lento y pausado. Mover un pie, colocarlo delante del otro, la respiración desigual, las articulaciones de los brazos punzaban, hasta que comenzaba a meterme en carrera; sólo lo conseguía cuando me olvidaba que estaba corriendo. De pronto todo empezaba a funcionar; mis piernas rendían y lograban alcanzar su progresión machacante, mi respiración se transformaba en suspiro, y no necesitaba hacer más, sucedía. En un momento mi padre estaba avanzando a mi lado, oía su respiración, los latidos de su corazón, e incluso sentía su piel rozar mi hombro y al hacerlo, causar un centelleo de calor agradable que multiplicaba mis sensaciones de bienestar. Entonces le preguntaba por qué se había ido y él evitaba responderme. En cambio, me daba una lección sobre cómo ser mejor atleta. De repente alguien me daba un empujón a mis espaldas, el sueño se evaporaba y al despertar me sumía en una brusca sensación de agotamiento. Justo en ese instante oía su voz, me decía: “Hola y adiós, segundón.” Era Pastrana. Me superaba mientras yo me esforzaba en mantener la cadencia perdida, la elegancia, el estilo, y me volvía un don nadie al que le costaba muchísimo progresar. Pero la distancia con el tercero era tal que llegaba segundo de nuevo. Reventado, caía a los pies de Pastrana, quien se burlaba de mí. Los días pasaban con el tedio habitual; los entrenamientos, los exámenes, mi madre siempre irritada.
Llegó el fin de curso y con él también la final, la hora de dirimir quién se llevaba el campeonato. Por supuesto, había un favorito: Pastrana, luego estábamos los demás. Dieron la salida, sabía que no iba a ser una carrera corriente, en aquella concentración estaban los mejores. Lo cual quería decir que todos ellos corrían duro; y así fue. En unos instantes yo era el último. Nada funcionaba. Ni ritmo, ni compás respiratorio, ni fuerzas. Volví la cabeza y vi a mi padre a mi lado, me dijo. “Hijo si nada te sale ¿para qué quieres correr? Siéntate aquí, a mi lado, descansa y hablemos.” Lo hice, y no por que lo deseara, sino porque mis piernas parecían puntales de plomo. Una vez estuvimos sentados me miró fijamente y me hizo la pregunta. “¿De verdad te interesa saber cómo fue mi muerte?” Emocionado, le respondí afirmativamente. Bajó la cabeza y repuso: “De acuerdo, pero a lo mejor no te enorgulleces de mí.” Y preguntó. “¿Recuerdas mis lecciones?” Y pregunté. – ¿Las de ser mejor cuando sea mayor? “Sí.” – Pues claro. Y añadió: “Eso es todo lo que de verdad debe importarte. ¿Me lo prometes?” – Prometido. “Bien. Ahora escucha y mira con atención.” Entonces vi todo con claridad. Mi padre tuvo un accidente, se despeñó por un barranco y cayó al mar. La cuestión… No estaba solo, sino acompañado por otra mujer. Aún así traté de defenderlo. – Te comprendo papá… Con el mal genio que tiene mamá, cualquiera la aguanta. Me miró con seriedad y me dijo. “Parece imposible que se te haya olvidado como es tu madre. Ella es atenta y trabajadora… Pero creo que tienes razón. Atraviesa por un mal momento y es un poco inaguantable; sí, tal vez tengas razón y por eso me fui con Jaquelín.” Lo miré sorprendido y repuse. – ¿Ah sí? Pues ella siempre te defiende. Sonrió con naturalidad y dijo. “Y siempre lo hará, porque me amó y me sigue amando, y me tiene en un pedestal. Ella ya me ha perdonado. ¿Qué piensas tú?” – ¿Yo? Pues que tú eras increíble papá, fuiste un padre genial. Aunque… quizá un poco fresco y egoísta con lo de Jaquelín. ¿No te parece? Me miró con seriedad, parecía pensativo, y quizá lo estuviera. Me dijo. “Mira Valdés, si quieres ser un verdadero ganador, habrás de saber elegir las mejores cartas y desechar las malas, yo lo hice así. Por eso elegí a Jaquelín. Pero al final cometí un despropósito y transformé placer en error. ¡Fallé! Por eso te doy lecciones, para que antes de cometer una estupidez pienses en lo que debes de hacer para superar a Pastrana y alcanzar en lugar de la agonía, la gloria.” – Ya… “Dime ¿qué tal te encuentras ahora?” Lo miré sonriente y feliz y respondí. – Fantástico papá. Poniéndome las manos sobre los hombros, dijo. “Entonces podrás hacerlo.” – ¿El qué? “Adivínalo.” Me dio un beso y se esfumó.
Me encontré corriendo sobre un campo reseco, era pleno mes de junio y la prueba además de ser dura de por sí, se disputaba a cuarenta grados centígrados. Los demás debían de estar todos delante ya que no veía a ninguno. Si quería alcanzarlos, habría de esforzarme al máximo. De súbito, me fijé en algo que no había advertido con anterioridad. A mi izquierda se abría una senda, intuitivamente me desvié y cuando salí, a apenas doscientos metros, estaba la línea de meta y a derecha e izquierda el público, enardecido, vitoreaba y aplaudía sin cesar. Iba a atravesar la cinta cuando escuche la respiración de mi padre. Se adelantó a mí y me dijo. “Muy bien hijo, así se hace. Intuición y buena elección. Pero vamos. ¡Ahora es cuando debes de dar el Do de pecho!” Alcancé la meta. Era la primera vez que retiraba la cinta. ¡Había ganado! Pastrana apareció colorado, cruzó la meta se detuvo y vomitó. Comenzó a señalarme y a protestar. – ¡Ha hecho trampas! Dijo. ¿Cómo ha podido superarme si no? Yo lo miraba perplejo, mientras a mis espaldas, mi padre me incitaba. “¡A qué esperas hijo! ¡Niégalo! Niégalo y mófate. Es tu ocasión. Es lo que él hace siempre contigo.” Fui incapaz de articular nada en su contra y menos, de mentir en mi defensa. El jurado me descalificó y Pastrana volvió a ganar. Pero aquella vez no las tuvo todas consigo, pues a partir de ese día, comencé a superarlo con facilidad tantas veces como quise.
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 Pocos saben qué se siente Wilson Kipketer – Actual poseedor del record del mundo para los 800m (al aire libre y en pista cubierta)
Has batido tres marcas mundiales durante tu carrera. ¿Cuál de ellas es la que recuerdas con más cariño?
La que más sobresale es el 1:42.67 logrado en el Campeonato Mundial bajo techo de 1997. Me sorprendió que pudiera correr tan rápido, pero es que ese día estaba imparable.
Algunos atletas comentan que no dormiste después de romper esa marca. ¿Es cierto?
Tienes que pasar por pruebas de dopaje, ofrecer entrevistas, recibir a los amigos y luego tratar de comer algo. Por eso, dieron las 3 de la mañana antes de que pudiera llegar a mi cama.
¿Qué se siente ser todavía el poseedor del record del mundo?
Pues un poco de decepción (deportivamente hablando). Por otro lado, mi nombre está volviendo a ser mencionado ya que otros están corriendo en un tiempo cercano al mío.
¿Te entristecería perderlo?
No. Estaría contento de ver a alguien superar mi marca, pero sólo si sucede a manos de un verdadero campeón. Aún no se ha visto a un verdadero corredor de 800m ganar en las Olimpiadas.
Maurice Greene – Consiguió el record mundial de los 100m en Atenas (En 1999, deteniendo el cronómetro en 9:79)
¿Podrías definir lo que sentiste cuando impusiste una nueva marca?
Es como coger el día más excitante de toda tu vida y multiplicarlo por diez.
Sólo un selecto grupo de atletas puede lograrlo, por lo que inmediatamente pasas a formar parte de él.
¿Pudiste dormir esa noche?
No. Salí a celebrar. Pero mi mayor meta ese año era justamente lograr batir el record por lo que después de dos días de celebración, tomé un avión de regreso a casa y me puse a trabajar nuevamente.
¿Qué fue lo que pasó por tu mente cuando Asafa Powell superó tu marca en el 2005?
Pensé que era algo bueno. Los records están hechos para ser superados.
Vía | Spikes
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 Los incas ya corrían maratones La estrategia de comunicación del imperio Inca en Perú establecía una red de corredores conectados en un sistema de postas. Las postas recorrían todos los puntos del imperio, incluso llegaban hasta la costa. El sistema de mensajería podía cubrir la distancia de seiscientos kilómetros en menos de cuarenta y ocho horas y traer pescado fresco desde la orilla del mar. El chasqui fue uno de los corredores mas valiosos de la antigüedad; en su destreza se fundamentaba toda una red de comunicaciones para unir un estado imperial.
El mensajero
El mensajero era un corredor especializado. Desde la vestimenta anunciaba su distinción social y pertenecer a la red constituía un trabajo de muchos años. El chasqui era seleccionado por su destreza, estado físico y juventud. Normalmente el sistema de mensajería estaba constituido por hombres jóvenes que dedicaban largo tiempo de sus vidas a ser “el chasqui”.
Cubrir grandes distancias en situaciones de mucha exigencia geográfica, con la adversidad del clima, enfrentando la altura, y llevando encomiendas y diferentes artículos constituía toda una proeza. La responsabilidad del mensajero era tan grande que en su rendimiento físico recaían estrategias y responsabilidades de gobierno. El aviso de refuerzos militares, estrategias de conquistas, tributos de los lugares más lejanos, eran responsabilidad del mensajero.
Alimentación
Aun en tiempos actuales la dieta del corredor es de gran importancia. En el antiguo imperio Inca de Latinoamérica la dieta principal de los habitantes se basaba en vegetales. La alimentación del mensajero no era diferente. El chasqui se alimentaba principalmente con granos, papas y hortalizas. En el imperio se había desarrollado un sistema de plantación que tenia en cuenta los diferentes niveles de temperaturas.
En algunos sectores de las ciudades se construían terrenos de plantación con tierra obtenida a kilómetros de distancia. Los vegetales constituían la alimentación por excelencia y sobre todo los granos. Ser un corredor Inca implicaba una gran prueba de resistencia, al parecer en Latinoamérica los fondistas tienen grandes antecedentes en siglos de cultura incaica.
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La carrera de maratón tiene sus orígenes en antiguas situaciones históricas del continente de Europa. En otras partes del mundo de la antigüedad, otros corredores hacían crecer civilizaciones. La comunicación del imperio Inca en Perú estaba totalmente encomendada a un grupo de corredores especializados.
Los mensajeros del Inca eran corredores de entre 18 y 20 años que se entrenaban especialmente para cubrir las extensas regiones del imperio. En su desplazamiento llevaban mensajes cifrados con nudos en telas, encomiendas y artículos de magia o de procedencia divina. Estos corredores eran la principal razón por la cual el gobierno del Inca tenía éxito en sus decisiones.
Comunicaciones imprescindibles
Un sistema de postas cada veinte kilómetros definía la eficacia de los corredores que cubrían todo el imperio. El chasqui, podía correr grandes distancias en poco tiempo y lograr abarcar mas de seiscientos kilómetros que separaban a la capital Cusco, de la costa del continente. El tiempo en que se realizaba la proeza también era asombroso, en menos de dos días, los corredores podían llevar pescado fresco desde la costa a más de seiscientos kilómetros donde se encontraba la capital del imperio.
Cada corredor era especialmente entrenado; de ellos dependían los mensajes relacionados con impuestos, movimientos de tropas para invasiones, refuerzos de soldados, novedades de guerra, novedades económicas y la transmisión del conocimiento que evolucionaba de generación en generación.
Altura y deporte
Uno de los principales inconvenientes de los deportistas actuales, es el modo de adaptarse a la altura. Jugar al futbol en las alturas de La Paz, en Bolivia, es un desafío para cualquier cuerpo técnico que deba preparar a sus jugadores. El mensajero del imperio Inca, cruzaba la cordillera corriendo desde la costa, gracias a un sistema de postas ubicado cada veinte kilómetros.
En cada paso del chasqui, se debía enfrentar la altura y luego descender hasta la capital que se encontraba a unos tres mil seiscientos ochenta metros sobre el nivel del mar. El corredor histórico de la antigüedad de Latinoamérica dejo su legado grabado en la historia.
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 ¡Gracias a todos por participar! Enhorabuena a todos, no sólo a los ganadores porque el nivel de este I Concurso ha sido más que aceptable. Nos hubiera gustado que todos fueseis ganadores, pero nos hemos visto obligados a elegir. Asimismo, os emplazamos a todos para que sigáis formando parte de la gran familia de maraton.es y su red social.
En breve nos pondremos en contacto con los premiados para solicitar alguna información necesaria:
1. Putas zapatillas de charlifuster
2. Match Point de raul elena
3. Un Atleta de josef
Muchas gracias a todos por participar.
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