Contra viento y marea (V)

Cuando crucé la meta de la Media Maratón de Getafe lo más lógico era pensar que el sufrimiento había terminado, que lo peor había quedado atrás y me esperaba la parte más reconfortante: el descanso y, por encima de todo, la alegría por haber concluido la prueba con un registro bastante digno si se tienen en cuenta las circunstancias. No tenía ni idea de que la hora inmediatamente posterior a mi llegada sería, con diferencia, la peor de toda la mañana.

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Después de todo, lo peor estaba por llegar Contra viento y marea (V) Contra viento y marea (V) contraviento5
Después de todo, lo peor estaba por llegar

Ya al quitarme el chip había notado que mis dedos estaban congelados y que me molestaba el bíceps de la pierna izquierda. Cuando recogí la bolsa de obsequio –que ni siquiera abrí porque quería largarme de allí lo antes posible– y un objeto conmemorativo, de cristal, que pesaba por lo menos un kilo, me di cuenta de que me costaba sostenerlos. No es que me hubiera quedado sin fuerzas, pero empezaba a sospechar que no tenía dedos. Por lo menos me costaba notarlos, aunque sabía que con un poco de calor volverían a ser los de siempre.

Charcos y barro

Avanzo penosamente sobre el lodo, más despacio de lo que desearía porque el dolor en la pierna va en aumento y temo que en cualquier momento se me caiga la bolsa que llevo en la mano izquierda o la pequeña y pesada escultura y las llaves que sostengo con la derecha. Sigue lloviendo con ganas, pero ya no me parece el diluvio universal de los últimos kilómetros. Hay tanta gente que se forman largas y lentas hileras para salir de la zona deportiva, repleta de charcos y barro. ¡Y yo que quería estar lejos de las manadas!

Como en la nieve

El camino de regreso hacia el coche me recuerda la primera vez que esquié; una de las últimas, por cierto. Hará unos 25 años y creo que fue en Llessuí, en los Pirineos leridanos. Se me rompieron las sujeciones de los esquís y tuve que regresar andando no sé cuantos kilómetros, hundiéndome en la nieve y maldiciendo en arameo. Puede sonar extraño que compare ese paraje nevado con las calles de Getafe, pero mi temperatura corporal sigue bajando de forma alarmante. Estoy empapadísimo y, para acabar de rematarlo, no llevo ropa de repuesto en el coche. Vaya forma de festejar la madurez.

Quiero llegar a casa

Sólo tengo a mano la sudarera. Me la pongo cuando mis dedos consiguen accionar por fin el mando del Peugeot y puedo abrir el maletero. Ni siquiera he hecho estiramientos, pero no me apetece en absoluto. Tampoco tengo ganas de comer, ni menos aún de beber. Ya, soy consciente de que estoy ignorando los consejos para una buena alimentación, pero es que sólo deseo llegar a casa para darme una ducha de agua caliente y meterme en la cama todo el tiempo posible.

Error y atasco

Me limpio los cristales de las gafas, arranco el coche y, al cabo de tres minutos, me doy cuenta de que me he metido en un vial sin salida. A pesar de que la calefacción funciona a tope, sigo estando helado, con la sensación de que o me doy prisa o cogeré una pulmonía de campeonato. Cuando por fin llego a la avenida correcta descubro que hay un atasco monumental. Veinte minutos a paso de tortuga y, después, diez minutos más hasta llegar a casa.

Temblores con grito

Aparco el coche y subo tiritando hasta el primer piso, con temblores espasmódicos (¿serán siempre espasmódicos, los temblores?) que sugieren que llevo tres horas bañándome desnudo en un lago canadiense. Pero sólo he corrido la Media Maratón de Getafe y, sin poderlo remediar, grito con todas mis fuerzas, una forma como cualquier otra de expresar mi dolor. “¿Qué te pasa, Josep?”, oigo que dice Rebeca desde arriba. Le explico que estoy empapado, congelado y con unas ganas enormes de meterme en la ducha. Y que después descansaré todo lo que pueda, hasta que regrese Inés.

Descanso fugaz

El agua caliente me revitaliza de tal manera que nada más salir de la ducha dejo vacíos dos paquetes de galletas que descubro en la bolsa de obsequio. También hay zumos, bebidas isotónicas, una naranja, patatas fritas y no sé qué más, pero me limito a beber medio litro de agua. Después enciendo la radio, me meto en la cama y me dispongo a descansar. Cuando no han pasado ni dos minutos suena el teléfono. Es Inés. Me comunica que llegará con Iván y los sobrinitos en diez minutos y que debo vestirme rápidamente: dentro de un cuarto de hora tenemos que ir a comer a casa de sus padres.

  1. Si después de todo esto tienes ganas de continuar corriendo para mí eres un héroe.

  2. Sí Inés, y más aún si sobrevive a su próxima visita a casa de los suegros jajaja.

  3. Un aprendiz, un simple aprendiz de héroe, Inés, como reza de forma ya bastante grandilocuente el título de este blog. Pues sí, tengo ganas de seguir. De hecho, ayer por la mañana corrí unos veinte kilómetros mientras la nieve me entraba, literalmente, por la boca. Creo que sufrí incluso más que el domingo anterior, no sé qué puede venir ahora…

    Lo de los suegros era una bromita fácil, Xènia, lo admito. Creo que no leen este blog pero, por si acaso, me apresuro a dejar claro que visitarlos siempre es un placer, sea a la hora que sea y por muy cansado que esté.

  4. Quizás es en estos casos cuando mas orgullosos nos sentimos de lo que hemos hecho, puede que suene a masoquista, y a pesar de lo mal que lo pasaste, estoy seguro que una vez recuperado, no te arrepientes en ningún momento de haberla hecho.

  5. Así es, Antoni. Aunque pueda parecer una locura, incluso me alegro de haberla corrido en esas condiciones, porque, de alguna manera, creo que me ayudará a estar mejor preparado.

  6. Es cierto que tener que salir de casa después del palizón no ayuda demasiado al descanso, pero por otro lado no se puede comparar una ensalada, pasta o cualquier cosa hecha rápidamente con la comida que puede preparar una madre o una suegra.

  7. Desde luego que no, elhijodelchato, y puesto a ser agradecido diré que todo estaba suculento y me ayudo a recuperarme antes del esfuerzo realizado.

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