Correr en Banyoles es una maravilla para los sentidos
Faltaba poco para las nueve y aún no había tomado una decisión. Tras aparcar el coche en la zona de picnic del parque de la Draga, comprobé aliviado que la mañana sería soleada y me bastaría una camiseta de manga larga. Era imposible no entretenerse observando el paisaje, el perfil suave de las montañas cercanas y los Pirineos nevados al fondo. Correr en Banyoles siempre ha sido un privilegio, algo más cercano al ocio que al esfuerzo, pero en esos momentos mi mente se debatía entre la media y el rodaje largo. Justo al lado de la zona de picnic hay una pista de atletismo, de tierra, perfecta para cronometrar mi entrenamiento. Y la vuelta al lago, siete kilómetros clavados, también ofrecía enormes alicientes. ¿Qué hago?, ¿qué hago?, me preguntaba mientras daba saltitos junto al coche.
Solución intermedia
Opté por una solución intermedia, o potencialmente intermedia. Primero correría la media maratón en la pista y después, si me quedaban fuerzas, daría una vuelta al lago. Si lo conseguía serían 28 kilómetros, una distancia ya muy cercana al temido
muro del maratón que me daría una idea muy aproximada de mi estado de forma.
Mucha suerte
Siempre había pensado que, como la mayoría de las pistas de atletismo, la del parque de la Draga mide 400 metros y, en consecuencia, estaba dispuesto a completar 53 vueltas. Hubiera preferido tener toda la pista para mí, pero había un atleta, ya veterano, que sumaba zancadas a un ritmo ligeramente inferior al mío. Cuando me situé a su lado para adelantarle aproveché para preguntar: “Esta pista mide 400 metros, ¿no?”. Jadeante, me respondió “No, no, qué va, sólo 330. Mide 330 metros”. Le di las gracias y, también, agradecí al cielo un encuentro que, de no haberse producido, hubiera desembocado en unos registros sospechosamente buenos para mí.
Ritmo de crucero
Tras completar la primera vuelta ya había calculado que tendría que dar 63 más, es decir, once más de las previstas. En otras circunstancias lo podría haber encajado como una mala noticia, pero en esos momentos me sentía afortunado. Mi objetivo era encontrar un ritmo de crucero, a poder ser inferior a los 4 minutos y 42 segundos por kilómetro, para mejorar mi récord de la madurez, ese 1.39.50 conseguido en 2008 en Getafe y que este año no pude mejorar pese a intentarlo
contra viento y marea.
Correr y contar
Días atrás, cuando le comenté a
mi amigo del hierro que estaba dándole vueltas a la idea de correr la media maratón en la pista, me hizo ver que tal vez sería un poco agobiante, pero le recordé que el año anterior había hecho algo bastante peor: 211 rectas, con sus giros correspondientes, en un campo de fútbol. Teniendo en cuenta ese precedente, la pista era mucho mejor, ya que me ahorraba los giros y podía ir bastante más rápido. Sólo tenía que preocuparme de correr y contar.