El dinero no da la felicidad, pero todos queremos tener un poquito más
No es mi caso. Por primera vez en muchos años, puedo afirmar bien alto que no he comprado ni un sólo décimo y, por lo tanto, no tengo ni la más mínima esperanza de salir de la miseria. Pero ello no impide que hable del tema, aunque confieso que soy de los que pueden vivir con muy poco y, más que los aspectos materiales (sin duda importantes), valoro la salud, el amor y la amistad. Algo tan sencillo como salir a correr cuando me apetece, por ejemplo, puede servir para que me considere el hombre más afortunado del planeta. Correr al lado del mar en invierno, sentir la arena en los pies descalzos, el masaje de las olas y el sol, me basta para estar contento de estar vivo. ¿Pero quisiera ser más rico? Sí, claro que sí.
Mucho dinero
Hablar de riqueza no implica referirse únicamente a la abundancia de bienes y cosas preciosas. Por suerte, todo es tan relativo que cada uno puede fijarse su propia escala de valores, sentirse rico aunque los demás piensen que es pobre de solemnidad. Pero hoy quería hablar de lo que acostumbra a entenderse por ser rico: tener mucho dinero. ¿Qué es mucho? También depende, pero digamos que lo suficiente para satisfacer todos nuestros deseos y necesidades hasta el fin de nuestros días y, ya puestos a pedir, hasta que vivan los hijos de nuestros hijos.
Zapatillas distintas cada día
La inmensa mayoría de los corredores populares no somos ricos. Unos más que otros, sin duda, pero por regla general nos apañamos con las mismas zapatillas, o a lo sumo un par de ellas, durante todo un año. Ahora bien, si pudiéramos gastarnos lo que nos diera la gana en material deportivo, ¿qué haríamos? Yo particularmente averiguaría de una maldita vez cuál es mi tipo de pisada, si soy supinador o pronador (nunca he sabido qué significa ésto, algún día lo investigaré), y me haría siete zapatillas a medida. Una para cada día de la semana. La izquierda, del 46; y la derecha, del 44, no sé si recordáis
cómo son mis pies.
Una casa bien equipada
Evidentemente, no me conformaría con el calzado, ni con los pantalones y camisetas, los pulsómetros o cualquier complemento que se os ocurra. Si fuera rico a rabiar, le propondría a Inés que cambiáramos de casa y nos compraríamos un pedazo de mansión que, entre otras muchas instalaciones, contara con un gimnasio perfectamente equipado, piscina olímpica, pistas de tenis y pádel, cancha de baloncesto para Pol, un campo de fútbol de césped natural para Iván, una pista de voleibol y otra de voley playa para Rebeca y, cómo no, una pista sintética de atletismo, 400 metros de tartán ideales para cronometrar mis entrenamientos.
Viajes y masajes
Cada uno que haga su lista particular. Yo me conformaría con poco más. Un viajecito una vez al mes a cualquier rincón del planeta donde pudiera participar en carreras populares, medias maratones o, un par de veces al año, maratones. Masajes casi diarios, preferentemente después de la sauna, un entrenador personal que me acompañara en mis sesiones (alguien como
mi amigo del hierro), tiempo para leer y, por encima de todo, tiempo para escribir este blog. Sí, lo habéis leído bien: aunque fuera rico no dejaría de escribirlo, porque, ahora ya en serio –aunque sólo sea esta última frase–, teneros como lectores me hace sentir rico.