Días de perros (II)

Los que corremos por parques y calles, o en realidad por casi cualquier lugar que no sea una pista de atletismo, estamos acostumbrados a convivir en cierta armonía con perros de todas las razas y tamaños que, por suerte, acostumbran a pasear en compañía de sus amos. Pero a veces no es así y lo que en principio podría ser una partición equilibrada del espacio acaba convirtiéndose en un terreno idóneo para el conflicto. Y por mucho que tengas facilidad para driblar es fácil que tarde o temprano protagonices algún incidente desagradable que, si el perro es grande y tiene mala leche, puede acabar conduciéndote al hospital.

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Corredores y perros, una lucha a muerte parque por parque Días de perros (II) Días de perros (II) correrconfrio
Corredores y perros, una lucha a muerte parque por parque

La anécdota que quiero explicaros hoy para nada acabó tan mal, pero sólo porque el enemigo, es decir, el perro que me atacó, era el prototipo de faldero escuchimizado que no levanta ni un palmo del suelo. Yo llevaba media hora corriendo e iba un poco forzado por el cronómetro, por la necesidad de cumplir las expectativas que me había marcado al iniciar el recorrido, siempre de acuerdo con mi plan de entrenamiento. Quizá resoplaba más fuerte de lo estrictamente necesario, pero no creo que, por fino que sea el oído de los perros, fuese motivo suficiente para que el pequeñajo me abordase de esa forma, con todo tipo de insultos y amenazas –en forma de ladridos, claro– que me daban a entender que su objetivo era hacerme pedazos.

Un faldero persistente

Por fortuna, la desproporción entre sus palabras (ladridos, de acuerdo, pero no necesitaba intérpretes para entender lo que me decía) y sus dimensiones era tan enorme que ni por un instante temí por mi integridad física. Además, ya sabemos que correr no es de cobardes. Por lo tanto, mantuve el ritmo sin hacerle ningún caso. El seguía detrás, a menos de un palmo de mis pies, y quince o veinte segundos después ya me tenía harto.

Diálogo de sordos

– ¿Quieres hacer el favor de dejarme en paz? – le dije.

Ni caso. Continuaba ladrándome.

Medio minuto después, asqueado por su insistencia, decidí plantarle cara con más vehemencia. Tras detenerme sin previo aviso, exclamé:

– ¡Vete de una vez!

Dudó unos segundos y lo aproveché para retomar mi camino. Pero era evidente que no sería tan sencillo, porque en seguida volvió a seguirme. Completamente harto, y también molesto porque me había cortado el ritmo, que ya digo que empezaba a ser un poco forzado, opté por perseguirlo yo a él. Cuando frené bruscamente me imitó y al ver que lo perseguía, que esprintaba para atraparlo, corrió tan rápido que apenas tuve tiempo de gritarle:

– ¿Ahora me dejarás en paz?

Esprint final

Cuando ya nos separaban quince o veinte metros, cambié de sentido para completar el trazado previsto. No me esperaba volver a oír sus ladridos, ni tampoco que medio minuto después lo tuviese de nuevo pegado a mis zapatillas. Y aún me sorprendió más la opción que definitivamente escogí: esprintar con todas mis fuerzas sin mirar atrás hasta llegar a la meta (mi meta particular de cada día) en el tiempo previsto.

  1. Vaya con el perrito, ¡qué persistente! Me pregunto qué hubiera pasado si llega a ser un perrazo.

  2. Lo que está claro, es que te cruzaste con un tipo que corría y no era cobarde, y que a juzgar por lo que dices, era una lucha como la de David contra Goliat. Lo normal en estos casos, es que en cuanto te paras, te giras y te lo quedas mirando, el se de la vuelta y salga corriendo (en sentido contrario, claro), pero la persistencia de sus persecuciones, ponen en evidencia que se trataba de alguien muy muy valiente. Lo malo de los perros pequeños y toca pelotas es cuando vienen en manada, te rodean, y mientras le plantas cara a uno, viene otro por detrás, y se te engancha al tobillo, y aunque sea pequeño (el perro), esto duele.

  3. Pues no sé, Xènia. Pero seguro que no se me hubiera pasado por la cabeza provocarlo.

    Así es, Antoni. Era muy muy valiente. Por suerte para mí, los otros miembros de la manada estaban lejos. De nada te sirve ser más fuerte si te rodean tres, cuatro, cinco… Jajaja, el tema ofrece muchas posibilidades, no lo había pensado. Lo cierto es que en las dos próximas entregas (las dos últimas sobre este tema, tampoco quiero pasarme) siempre se parte de la base que te enfrentas a un solo perro.

  4. Me imagino la cara del perro al ver tanto sobresfuerzo final. jojojo.

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