Dos pies para sobrevivir al maremoto apático

A muchos corredores les gusta reconocerse y encontrar su identidad en alguna gran figura del atletismo que reinterpretan en función de su estado físico y anímico. A mí, por ejemplo, me encanta imaginarme que soy Emil Zatopek, el portento checo que ha pasado a la posteridad con el sobrenombre de locomotora humana. Cuando me siento eufórico y mis zancadas me parecen tan rápidas y poderosas como el vuelo de un cóndor, revivo en mi mente los instantes previos a una llegada triunfal. Si, por el contrario, mi ritmo es lento como el de un rinoceronte agotado, pienso que los malos momentos son indispensables para alcanzar la cima.

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Sólo nuestros pies son los jueces que dictaminan hasta dónde podemos llegar Dos pies para sobrevivir al maremoto apático Dos pies para sobrevivir al maremoto apático zapatillas
Sospecho que lo de ponerse en la piel de Zatopek, que en los Juegos Olímpicos de Helsinki (1952) ganó la medalla de oro en 5.000, 10.000 y maratón, suena un poco raro. Sin embargo, tal vez se trate de una forma de narcisismo bastante extendida, que se pone de manifiesto a través de la relación de cada persona con ella misma y con su propio cuerpo, no tanto desde un punto de vista estético, que también, sino como una manera de mejorar la salud y sentirnos mejor. Son objetivos que los atletas aficionados acostumbramos a conseguir con algo tan sencillo como correr tres o cuatro veces a la semana.

Lo que nos hace felices

Sumidos en plena crisis, en una suerte de banalización social que nos hace perder interés en las grandes cuestiones filosóficas, económicas o vitales, la práctica del running nos permite salir victoriosos de un maremoto apático que más de dos décadas atrás Gilles Lipovetsky resumió con una frase demoledora: bajo el pretexto de la modernidad, lo esencial se nos escapa entre los dedos.

Lipovetsky se refería a los dedos de las manos, naturalmente, pero la mayoría de los corredores podemos afirmar bien alto que los diez dedos de nuestros pies, perfectamente encajados en calcetines y zapatillas, se alían con nuestra voluntad para impedir que se nos escape algo de lo que nos importa, que acostumbra a coincidir con lo que nos hace felices a casi todos: que nos quieran, que alguien se preocupe de nosotros. Y, claro, para que eso sea posible es necesario que antes nos queramos a nosotros mismos, algo que acostumbramos a lograr con mayor facilidad si salimos a correr.

La fiebre del correr

Lo más curioso de todo, sin embargo, es el concepto que tienen de nosotros muchas personas que no han corrido ni correrán en su vida. “Ya son ganas de cansarse”, “menuda estupidez, salir a correr con esta lluvia” o “pobrecito, fíjate como suda” son algunas de las frases que nos dedican casi a diario, generalmente a nuestras espaldas, en un intento de ridiculizar una actividad que ni siquiera se han planteado probar. Porque si lo hicieran, si se dejaran llevar por esa especie de fiebre que asalta a los corredores de raza cuando sienten que ya hace demasiado tiempo que no se calzan las zapatillas, quizá llegarían a experimentar algo parecido a lo que sentimos nosotros cada vez que, más o menos exhaustos, nos desnudamos para darnos una ducha que, además de limpiarnos, nos conduce a un estado muy próximo al bienestar más absoluto.

Momentos placenteros

Vale, ya lo sé, habrá días en los que, justo cuando acabas de ducharte, te caes y te rompes un brazo, el jefe te llama para echarte una bronca descomunal o tu pareja te recrimina que hayas olvidado algún encargo, rompiendo así todo lo placentero que podía tener el momento. Pero creo que estaréis de acuerdo en que lo más habitual, lo que por fortuna nos acostumbra a ocurrir casi siempre, es que después de correr –sobre todo si tenemos en cuenta los consejos para recuperarnos– afrontamos con mayor frescura lo que queda de día. O, si lo hacemos a última hora, somos capaces de dormir tan plácidamente como un bebé, siempre que no sea, claro está, uno de esos que experimentan algún tipo de fruición dando el tostón a los padres toda la noche.

josep.pastells@coguan.com

  1. Zatopek fue uno de los ídolos de mi infancia, su manera agonística de correr pertenece por derecho propio al imaginario colectivo de los grandes atletas de todos los tiempos. Su cabeceo aparece en el mantra ‘es posible’ de los que día a día se esfuerzan por rebasar sus límites.

    Por lo demás, señor Pastells, me gusta que mezcle conceptos como modernidad con sensaciones como sudor o ducha. Se intuye en sus escritos una interesante mezcla de cotidianidad y amable insurgencia cívica cuya senda espero siga explorando en los próximos relatos.

  2. Por supuesto, señor Fernaud. Y espero que me perdone la osadía de sentirme Zatopek cuando no soy nada más que un simple aficionado. Pero ¡cuesta tan poco soñar!

    Por lo que respecta a la insurgencia cívica, considéreme desde ahora un blogger proletario, un currante de los posts, un atleta de las palabras. Y gracias por sus ánimos, siempre viene bien que te den agua -o bebidas isotónicas- cuando tienes sed.

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