Por razones obvias, los corredores siempre prestamos mucha atención al tiempo antes de salir a correr. Para gustos no hay disputas, pero si nos dejaran elegir es muy posible que la mayoría optásemos por un día sin lluvia y poco caluroso, quizá las condiciones óptimas para practicar el running. En cualquier caso, nuestra capacidad de influencia sobre el tiempo es nula, mientras que si lo miramos al revés tendremos que admitir que en muchas ocasiones nos afecta, como mínimo, el humor.

El sol es un aliado y un enemigo del corredor
Haga el tiempo que haga
Más allá de estas consideraciones, está claro que hay un montón de corredores que salen a correr haga el tiempo que haga. El ultrafondista Ricardo Abad es uno de ellos. No hace mucho contaba que en uno de sus maratones diarios, cuando corría bajo un aguacero impresionante, muchos corredores se ofrecieron a llevarle pero él rechazó todas las propuestas. “Debían tomarme por loco”, comentaba Abad en su blog. Es muy posible que sí, pero sólo porque eran incapaces de entender qué estaba haciendo ese hombre bajo la lluvia. Ni les pasaba por la cabeza que andaba metido en un reto personal (menudo reto: 150 maratones en 150 días) y ni la lluvia ni nada iba a detenerlo.
Tormentas imprevistas
Podría decirse que hay dos clases de corredores. Los que ante una tormenta deciden quedarse en casa y los que salen a trotar haga el tiempo que haga. Estos segundos suelen reaccionar mejor a los contratiempos que los primeros. ¿Que qué clase de contratiempos? Por ejemplo, cuando en pleno rodaje largo y a cinco o seis kilómetros de casa, se hallan en medio de una tormenta tan fuerte como la que arreció en la última media maratón de Getafe.
Señales del granizo
Al explicar lo de Ricardo Abad he recordado una anécdota que, salvando las enormes diferencias existentes, ha hecho que me sintiera identificado con él. Hace muchísimos años, cuando contaba veinte y pocos, empezó a granizar en pleno verano justo cuando estaba en la mitad de mi recorrido. Podría haberme protegido debajo de algún árbol, pero seguí corriendo mientras las canicas de hielo impactaban en mi cara (por fortuna, en esa época todavía no llevaba gafas) y en todo mi cuerpo. Muchas horas después, en una cena en casa de una de mis primeras novias (mucho antes de que conociera a mi queridísima Inés) mostré en mis brazos las señales del granizo y conté lo que me había ocurrido. Aún recuerdo la expresión de horror de muchos de los comensales, unas miradas que, sin ningún género de dudas, venían a decirme que me tomaban por un demente.
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Para mí el sol es, claramente, un enemigo. Rindo muchísimo menos, me lo hace pasar fatal.
A mí en cambio el sol me encanta. Por razones profesionales tengo que pasar mucho tiempo en Bruselas y lo echo muchíiiiiisimo de menos.
Pues yo coincido con ambos en función del momento. Como Ricard, prefiero correr sin sol, aunque a veces me apetece sentir sus rayos sobre la piel. Como Xènia, me encanta tostarme (es un decir, soy casi tan blanco como Iniesta)y lo echo de menos si no está, pero sé que no conviene abusar de él.
A mi me encanta correr bajo la lluvia, pero ahora no puedo hacerlo. Si lo hago, cuando llego a casa chorreando me cae una bronca de Rosa, que dice que le pongo perdido el parquet.
Jajaja Antoni. Entiendo la posición de Rosa, pero podrías buscar algún sistema para no dejarlo todo perdido al llegar; sin llegar a desnudarte en la escalera, claro.
Me encanta el SOL, considero que es mi bateria para poder correr mas, cundo esta nublado parece como si me sacaran las baterias de mi cuerpo.
Está claro que funcionas con energía solar, Edward. Eres posiblemente un atleta del futuro.