¿Tienen o no tienen importancia los nombres para los amantes del running? La primera respuesta que se me ocurre, la más inmediata, es que no. ¿Qué más da que nos llamemos Pepe o David, Susana o Judith?, ¿acaso importa que las zapatillas se denominen zapatillas en vez de, no sé, jayapuñas?, ¿o que nos refiramos al running en lugar de hablar del zanking? Nos llamemos como nos llamemos, demos el nombre que demos a las partes del cuerpo, las cosas o los lugares, todo seguirá siendo exactamente lo mismo, funcionando (o no) de la misma manera que ahora. O eso creo... Voy a pensar un poco más.

Son muchos los nombres que ya han pasado por esta Web
Convenciones que funcionan
Es bastante lógico dudar e incluso inquietarse por la elección de un nombre, si me apuráis de todos los nombres, pero es lo que llamamos (vete a saber por qué) convenciones y nos viene funcionando bastante bien. ¿Para qué íbamos a cambiarlo? Una vez elegidos –o por lo menos, partiendo del hecho de que la mayoría nos son impuestos, una vez acostumbrados a utilizarlos–, los nombres se vuelven inseparables de nosotros y cuestionarlos es algo así como preguntarse por qué Aznar critica a Zapatero o el Papa ve con malos ojos las orgías y el condón.
Como lanzarse a un abismo
Este mismo blog, por ejemplo, se lanzaría a algo muy parecido a un abismo si de repente me planteara cambiar los nombres de todas las cosas. Sería un proceso paulatino, claro, para iros acostumbrando (suponiendo que me quedara algún lector) a las particularidades del nuevo lenguaje. Hasta que todo cambiara de nombre, incluso yo, y no tuvierais más remedio que preguntaros por qué os llamáis como os llamáis.
Mejor seguir igual
Pero, ¿sabéis qué? No voy a hacerlo. Continuaré llamándome igual. El running será el running y Antoni Rigol continuará siendo el almogávar que conquistó Nueva York. Igual que Alexandra Panayotou será nuestra ultrafondista de cabecera, Josep Bosch se habrá estrenado como medio maratoniano en Granollers y Pau Montoya seguirá festejando la madurez a ritmo de maratón. Sí, creo que será lo mejor.
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Tienes razón, Josep. Una vez te acostumbras a algo, por arbitrario que sea, ya es muy difícil cambiarlo.
¡Vaya, ahora resulta que conquisté Nueva York, y yo sin enterarme! Je je, gracias Josep.
No se hasta que punto nos condicionan los nombres, cuando nací, mi familia dudó entre ponerme Antoni o Ramón, no se, siempre he pensado en si mi vida habría sido exactamente igual si me hubieran puesto Ramón. Estaría bien saberlo, pero esto es imposible, i por lo tanto es algo que no me quita el sueño.
Así es, Ricard. Somos animales de costumbres.
Por supuesto, Antoni. Fue una de tus numerosas hazañas maratonianas. Estoy seguro de que si te llamaras Ramón seguirías siendo igual de majo.
Jayapuñas y zanking. No suena mal. Podrías patentarlo, Josep.
Los nombres no deberían de condicionarnos en ninguna cosa. De hecho nada de lo que no podemos elegir debería ser importante para los demás y para nosotros mismos.
Los nombres no, Ángela, pero los apellidos condicionan. ¿Por qué las personas con apellidos poco frecuentes tienden a tener un nivel socioeconómico mayor que aquellas que ostentan otros más comunes?
Estoy en ello, Xènia. Conversaciones de alto nivel con la Real Academia de la Lengua.
Ojalá fuera así, Ángela, pero ya sabes que acostumbra a no serlo.
Nunca lo había pensado, Inés. Pero hay excepciones, ¿no? Lo digo porque mi apellido es bastante original y no consigo salir de la miseria.