Interrupciones callejeras (I)

Muchos corredores de fondo se toman muy en serio sus objetivos, que en la inmensa mayoría de los casos se concretan en correr más deprisa una distancia determinada, sean diez mil metros, medio maratón, una maratón o, en el caso de ultrafondistas como Alexandra Panayotou, 200 o 220 kilómetros. Cada uno se plantea sus propios retos acorde con sus circunstancias, sin que ir más rápido que otros signifique, ni mucho menos, que seas mejor. Pero sí más rápido, para qué negarlo. Y si quieres ir más deprisa uno de los mejores sistemas para progresar es cronometrar tus entrenamientos, tomar nota de tus registros e intentar mejorarlos. Hasta aquí todo perfecto. El problema, mejor dicho, los problemas, surgen cuando no dispones de una pista de atletismo y activas el cronómetro en cualquier espacio público.

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Las calles están plagadas de obstáculos para el corredor Interrupciones callejeras (I) Interrupciones callejeras (I) andando
Las calles están plagadas de obstáculos para el corredor

Calles más o menos estrechas, amplias avenidas, parques y jardines, caminos de tierra, polígonos industriales… Cada corredor tiene sus propias zonas de entrenamiento y sabe por experiencia que ninguna de ellas está exenta de obstáculos y peligros. Hace unas semanas hablé de los perros y otro día me referiré más específicamente a los conductores, pero hoy quiero limitarme a describir lo que puede ocurrirte cuando sales a la calle con la intención de realizar un rodaje exigente, casi a tu ritmo de competición.

Siete kilómetros

Imaginemos que el que sale a correr soy yo. Mi intención es completar un entrenamiento corto pero intenso: siete kilómetros en 33 minutos, algo que para mí no resulta nada fácil y menos en el sitio donde pienso entrenar: el Sector 3 de Getafe. Caliento tres o cuatro minutos en el patio (saltitos, puñetazos al aire, abdominales) y salgo a la calle para iniciar el circuito. Hace algo más de un año lo medí con un podómetro y estoy bastante seguro de que son siete kilómetros.

Ladridos

Activo el cronómetro en la farola donde se inicia el circuito y empiezo a correr. Es una recta de 250 metros que me llevará hasta la acera de una gran avenida. Cuando no llevo ni cincuenta metros oigo los ladridos amenazadores de un perro al que ni siquiera puedo ver. Sus amos, a los que tampoco veo, gritan algo así como “¡Luna!, ¡Luna!”. Por un momento temo que sus colmillos puedan alcanzar mis nalgas y tal vez por ese motivo acelero más de la cuenta y al llegar a la gran avenida respiro con dificultad. Empezamos mal.

Buen ritmo

Retomo mi ritmo de crucero y, sorteando peatones, al cabo de un kilómetro alcanzo una zona menos transitada en la que sólo debo preocuparme de mis zancadas miopes. Cuando llega el momento de cruzar la carretera (cuatro carriles) hasta un parque, lo consigo sin mayores dificultades. Todavía hay rastros de la nevada de días atrás, pero sobre todo debo tener cuidado con el hielo, no sea que me pegue un tortazo y eche a perder el cronometraje. De momento todo va bien, al ritmo perfecto para lograr mis propósitos. Este año me he acostumbrado a hacer la segunda parte del recorrido un poco más rápido que la primera, o por lo menos a intentarlo.

Distracciones

Cuando llego a la mitad del circuito pienso que empiezo a estar como quería estar, que si sigo así podré igualar o mejorar mi tiempo del año pasado (1.39) en la Media Maratón de Getafe y, por fin, bajar de las cuatro horas en el Maratón de Barcelona. Me gusta alimentar mis carreras con pensamientos positivos, imágenes victoriosas que me ayuden a mantener o incrementar el ritmo. Pero a veces ocurre que me distraigo con mis pensamientos y, cuando vuelvo a la realidad, descubro que no estoy haciendo exactamente lo que quería hacer. Como ahora, que miro el cronómetro y reparo en la necesidad de acelerar como un loco si aún pretendo cumplir mi objetivo.

Pregunta inesperada

Lo hago y el trazado me ayuda bastante, porque en líneas generales tiende a la bajada. Me siento fuerte, pletórico, sin molestias físicas importantes (sólo un par de ampollas y una uña impertinente) y con la sensación de que estoy más cerca del esprint que del rodaje lento. Cuando apenas me falta un kilómetro y medio tengo un margen de 6.20. Suficiente, pienso cuando acabo de cruzar la carretera que enlaza el parque con la gran avenida. Y justo entonces una furgoneta blanca aminora la marcha al llegar a mi altura y el conductor me grita: “¿Sabes cómo se va a Fuenlabrada?”. Sin dudarlo ni un segundo, le digo: “Lo siento, tengo prisa”. No parece muy satisfecho con mi respuesta y replica “Yo también”.

Larga explicación

Mi deseo no es otro que seguir acelerando y olvidarme del maldito conductor, que ya me ha hecho perder bastante tiempo, pero hay algo que me lo impide y le digo algo así como “Tienes que bajar recto y, cuando llegues a la rotonda de los semáforos, seguir por la derecha hasta un puente. No cojas el puente, sigue por el carril de la derecha y luego otra vez a la derecha. Verás que vas en paralelo a la carretera de Toledo. Si te pones en el carril de la izquierda podrás acceder a ella. Luego sólo tendrás que fijarte en el siguiente puente y girar a la derecha. Así llegarás a Fuenlabrada”.

Casi sin fuelle

Teniendo en cuenta que no he dejado de correr, esta explicación me deja casi sin fuelle, pero cuando el conductor de la furgoneta se aleja sin ni siquiera darme las gracias (¡será cabrón!) convoco a todos los demonios como si todo dependiera de un segundo. Quiero llegar a casa en el tiempo previsto. No lo consigo por diez segundos (33.10), pero acabo convencido de que de no ser por la interrupción lo habría logrado sin problemas.

  1. Yo no soy corredora pero todo lo que narras también me ocurre, y a diario.

    Mi tiempo del día está cronometrado desde que me levanto hasta que me acuesto, y cualquier interrupción de la cotidianidad provoca que ya no me cuadre, con el consiguiente perjuicio para otra.
    (Desde el que aparca en doble fila, la incompetente de la secretaria del centro de salud, el puto semáforo, la madre que me arrolla en la puerta de clase, encontrar las llaves en el bolso…., podría decir más de 100)
    Al final del día también pienso como tú, mañana será mejor, además lo que no me ha salido bien la mayoría no ha sido por mi culpa.

  2. Josep Pastells 16 Enero 2009, 14:06 pm

    Así es, Ana. Un antiguo compañero mío de trabajo decía siempre al despedirse “mañana más y mejor” y creo que puede ser una buena filosofía, porque está claro que las cosas casi nunca salen como pretendemos.

  3. elhijodelchato 16 Enero 2009, 20:33 pm

    Correr y vivir se parecen más de lo que pensaba…

  4. Josep Pastells 16 Enero 2009, 20:50 pm

    Sin duda, elhijodelchato, y esto me puede dar más de una idea para futuros posts.

  5. Como dice el hijodelchato, correr, se parece mucho a vivir, y en el fondo, todo es una carrera de obstáculos

  6. Josep Pastells 17 Enero 2009, 11:26 am

    Y ahí estamos nosotros para irlos salvando, Antoni. Haciendo y deshaciendo caminos, desviándonos de la ruta, volviendo a ella, insistiendo en nuestros objetivos.

  7. Josep, tienes razón-me hs pasado mas veces que puedo contar- a veces como tu con el crono, y otros con horas a pie. Imagina día 4 de 21 días llevando unos 60 kms cuando quedan “solo” unos 8 kms mas que el camino se desapareció en un mar de obras cobrando kms……Cuando cruzas una parte de ese mar y acercas los unicas personas visibles, relajando y fumando en el sol(tu un vision como astranauta sudada),para pregunatr como puedes llegar a cruzar la peqeño montaña y entrar a Fraga-te responde riendo, ah….coge el autovia, es dificil seguir sonriendo, dificil no llorar y dificil no hacerles daño! Lo unico que quieres es llegar lo mas rapido posible y sabes que si les enseñas el nivel de agotamiento, vas a tardar mucho mas….estas cosas, esta gente que no piensan, es uno de los “cruzes” que tenemos que llevar…..
    solo se puede reir….

  8. Josep Pastells 17 Enero 2009, 17:10 pm

    Jajaja Álex. Me imagino la escena que describes y la cara de sorpresa de los que te vieron. Si llegan a saber que llevas 60 kilómetros corriendo ya te hubieran mirado como a una auténtica extraterrestre.

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