Interrupciones callejeras (III)

Cuando salimos a correr a la calle ya sabemos que nos exponemos a cualquier cosa y que no sería nada descabellado que algún obstáculo, o unos cuantos, se cruzaran en nuestro camino. Peatones, perros (o, mejor dicho, sus amos pasotas), conductores nada dispuestos a entender que no tienes tiempo de atenderles porque intentas batir tus marcas… Cuando estás pendiente del cronómetro cualquier minucia puede convertirse en un estorbo, pero si además de las habituales interrupciones callejeras debes superar obstáculos derivados de la climatología, todo se complica en extremo.

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No siempre se puede entrenar con un sol brillante en el cielo Interrupciones callejeras (III) Interrupciones callejeras (III) sol
No siempre se puede entrenar con un sol brillante en el cielo

Cuando salgo a correr bajo la lluvia o el granizo muchos me toman por loco. Y por supuesto cuando lo hago en plena nevada o cuando el suelo getafense recuerda a la estepa siberiana. Imagino que sus críticas se agudizarían si supieran que, lejos de importarme lo que caiga del cielo o el estado del terreno, aprovecho mis salidas para intentar mejorar mis registros en una determinada distancia. Eso fue lo que ocurrió el domingo pasado, cuando me tocaba la sesión larga (105 minutos) y, a pesar de ser consciente de que no iba a emplearme muy a fondo, sí que quería ir más rápido que el domingo anterior.

Parque de Polvoranca

Se trataba de ir al parque de Polvoranca, dar tres vueltas al lago y regresar. Poco más de veinte kilómetros con alguna que otra pendiente. Los 105 minutos eran perfectamente asumibles para alguien que, como yo, pretende bajar del 1.39 (99, para comparar mejor) en medio maratón. La mayoría de los expertos coinciden en que si logras una marca de este tipo deberías bajar de las cuatro horas en el maratón. El año pasado en Madrid la teoría no me funcionó, pero espero que sí lo haga el 1 de marzo en Barcelona.

Dedos helados

Las calles están completamente nevadas, pero lo que me preocupa más es el hielo. No quisiera que se cruzara en mi camino como las viejas historias familiares que convergen de forma dramática en las vidas de Álvaro y Raquel, los dos protagonistas de El Corazón helado de Almudena Grandes. Puede que haya recordado este título por el frío, que a pesar de los guantes me deja un par de dedos al borde de la congelación. Hoy no se trata de ir muy rápido, pero si a un ritmo más vivo que el que llevaré en el maratón.

Ocas impertinentes

Aunque parezca increíble, nada ni nadie se ha interpuesto en mi ruta. No parece que vaya a ser uno de esos días de perros. Hasta que lllego al parque, en 44 minutos clavados, y aparecen los primeros problemas. En forma de ocas que me salen al paso sin que nada lo justifique. Ni llevo comida ni creo que las haya molestado, pero parecen dispuestas a hacerme perder el tiempo. Decido salirme un poquito del trayecto previsto y las evito sin mayores dificultades. Casi siempre están en el agua, pero tal vez ellas también notan el frío. En las dos vueltas siguientes ya paso directamente por la ruta alternativa y cuando me dispongo a iniciar el camino de regreso veo que me quedan 40 minutos.

El último obstáculo

Voy un poco peor de lo previsto, pero lo atribuyo a las ocas y me propongo aumentar el ritmo. Lo voy consiguiendo, aunque ya ni me noto dos o tres dedos de las manos y empiezan a dolerme los pies. Sin dejar de consultar el cronómetro cada mil metros, descubro que estoy de nuevo al límite, que tengo que acelerar bastante si no quiero tardar más de 105 minutos. Vaya tontería, pensaréis, pero os aseguro que para mí es importante y lograr ese pequeño objetivo me alegraría la mañana. Cuando ya falta menos de un kilómetro, un poco más abajo de donde el otro día me interrumpió la furgoneta, estoy a punto de cruzar un paso de cebra y aparece un autobús.

Aterrizaje forzado

Va bastante rápido y me hace dudar. ¿Freno?, ¿acelero? El caso es que me corta el ritmo y, cuando finalmente se detiene para dejarme pasar, ya no sigo la misma cadencia de antes. Para colmo de males, al cruzar el paso de cebra resbalo y salgo impulsado hacia delante, trastabillado como un patinador inexperto o un saltador de longitud que parece haber perdido su mapa mental justo antes de impulsarse hacia el cielo. Menos mal que aterrizo con los dos pies en el asfalto y reanudo mi marcha con ánimos renovados. Parece que no voy a lograrlo, pero tras parar el cronómetro a la llegada lo consulto y marca 1.45.00. Más justo imposible.

  1. Ese domingo tan frío decicimos salir a nuestro parque (el mismo por el que corres) con el trineo. Mi hijo Antonio, de seis años, dijo: “vámonos a casa ya que tengo las manos con huesos de hielo”.

    Demasiado frío para superar marcas.

  2. Josep Pastells 18 Enero 2009, 11:19 am

    Huesos de hielo, qué buena idea. Antonio es genial. Debería haberle hecho caso yo también. Hoy parece que el día acompaña más, a ver qué tal se me da.

  3. Después de haber dedicado varios posts a los perros, tendrás que dedicar algún post a las ocas agresivas. Los obstáculos, siempre están presentes cuando salimos a correr, yo mismo, cuando llevo corriendo mas de media hora, me viene este maldito dolor en el bíceps femoral, por lo que ya descarto del todo correr la media de Granollers. Ayer mismo, me volvió a dar, y además de este, tuve otro obstáculo, pero este positivo y emocionante, que fue ver el meteorito que cayó. A veces al salir a correr recibimos algún regalo inesperado como este, que lejos de fastidiar, a mi me llenó de emoción

  4. Josep Pastells 18 Enero 2009, 18:46 pm

    Vaya, Antoni, siento lo del dolor en el bíceps femoral. Esperemos que vaya remitiendo, aunque sea con un poco más de reposo. Lo del meteorito sí que debió ser una maravilla, sobre todo porque no te cayó en la cabeza jeje.

  5. Ja, ja. No, no se me cayo en la cabeza, se vio desde media Catalunya, tanta mala suerte, no puedo tener, cuando salgo a correr, claro. Soy un sentimental, y estas cosas me emocionan

  6. elhijodelchato 27 Enero 2009, 22:12 pm

    No me puedo creer que hubiera tanta vida ahí fuera el mismo domingo que yo hiberné en mi cama.

  7. Josep Pastells 28 Enero 2009, 10:12 am

    Elhijodelchato, la mayoría de los osos dicen algo parecido cuando finaliza su larga hibernación. Pero casi ninguno se arrepiente de haber permanecido tanto tiempo en la cueva.

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