Juntos, nada más

Recurro al título de una celebrada novela de Anna Gavalda, llevada al cine por Claude Berri, para insistir una vez más en la necesidad de mantener unidos cuerpo y mente, importantísima para cualquier persona y esencial para los deportistas. En realidad, se trata de algo tan obvio y natural que tal vez ni siquiera habría que hablar de ello, pero lo cierto es que nunca deberíamos cansarnos de remarcar que la constancia de espíritu es beneficiosa para la salud.

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El cuerpo y la mente son uno en el corredor Juntos, nada más Juntos, nada más el cuerpo y la mente son uno en el corredor

El cuerpo y la mente son uno en el corredor

Está claro que si gozamos de buena salud todo resulta más sencillo. Nuestro cuerpo responde mejor a los estímulos y corremos con la satisfacción de saber que el ejercicio fortalece nuestro organismo en la misma medida que resulta beneficioso para el alma. Dicho así suena muy grandilocuente, pero nadie puede negar que correr favorece la relajación y elimina las tensiones que tan a menudo amenazan con asfixiarnos o envenenarnos.

Bienestar espiritual

De acuerdo. Nada es tan sencillo como parece y la vida de los corredores no acostumbra a ser una fiesta continua, repleta de risas y alegría. Sin embargo, es evidente que el simple acto de correr, el ejercicio físico, tiende a predisponernos a la salud y, en cierta forma, nos encamina hacia el bienestar espiritual.

Cuerpo y espíritu

Y este bienestar espiritual acostumbra a estar muy unido al físico, lo sabemos de sobra. Pero por mucho que lo digan los médicos o los poetas, está claro que no sabemos de qué están hablando hasta que lo experimentamos personalmente. Juntos, nada más es una novela entrañable y divertida que incide en la felicidad que proporciona estar con quien de verdad es importante, pero también podría ser una forma de describir la unión entre el cuerpo y el alma.

Pequeñas recompensas

Como todo lo que vale la pena, no se trata de una unión fácil de conseguir. Por mucho que conozcamos la felicidad que pueden llegar a proporcionar determinados instantes, cuando los saboreamos de nuevo nos llegan tan de improviso como la primera vez. La felicidad en plena carrera, en cualquier entrenamiento, es tan imprevisible que sorprende incluso a los corredores más experimentados. Correr, de entrada, representa un esfuerzo. A veces es necesario obligarse y las dificultades siempre se dejan notar. Pero si aspiramos a encontrarnos bien, si hacemos todo lo posible para sincronizar nuestro esfuerzo físico con nuestros pensamientos, es muy posible que acabemos alcanzando pequeñas recompensas y constatemos que, en efecto, no hay nada mejor que sentir que cuerpo y espíritu se fusionan al ritmo de nuestras zancadas.

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