La media maratón de Ripoll (II)

El calentamiento nunca ha sido mi fuerte ni, por lo que pude ver, el de Santi Sapena. Conscientes de nuestras limitaciones, preferimos reservar energías para la carrera y más aún si se trata de una media maratón llena de repechos asesinos. Ajenos a nuestra filosofía, los hermanos Montoya casi nos obligaron a trotar junto a ellos durante unos minutos interminables en los que empecé a darme cuenta de la calidad de los atletas que nos rodeaban. La gran mayoría pertenecían a algún club y, por mucha imaginación que le echaba, era incapaz de creer que alguno de ellos corriera menos que yo. Por primera vez en mi vida, me enfrenté a la nada descartable posibilidad de llegar el último, cerrar la clasificación y ser víctima de burlas generalizadas por los siglos de los siglos.

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Mucho frío y cansancio en una carrera que se complicó La media maratón de Ripoll (II) La media maratón de Ripoll (II) josepmiercoles
Mucho frío y cansancio en una carrera que se complicó

Alguien tiene que llegar el último, ya lo sé, pero nunca hasta entonces me había planteado que ese alguien pudiera ser yo. Intenté apartar esa idea de mi pensamiento y hacerlo lo mejor posible, aunque dadas las circunstancias tenía pocas esperanzas de conseguirlo. Para acabar de ponerme nervioso, la salida se retrasaba más de la cuenta, no sabíamos muy bien por qué. La megafonía anunciaba a todo volumen algo que no acabábamos de entender. Pau apuntó que tal vez se tratara de un homenaje a Alexandra Panayotou, que el día antes había llegado exhausta a la plaza del Ayuntamiento de Ripoll tras participar en un singular reto previo al Campeonato Internacional de Atletismo de Fondo del Ripollès: atleta contra caballo. Parece ser que llegó veinte minutos antes que la amazona Laia Vaqué con la yegua Kinette. Ambas cubrieron un recorrido de 123 kilómetros entre los monasterios de Montserrat y Ripoll.

Pistoletazo de salida

Me lo voy a tomar con calma. Al fin y al cabo, ni esta noche ni la anterior (cuando una cena de antiguos alumnos de la Annexa se alargó hasta las tantas de la madrugada) he dormido lo suficiente. Y tras los vómitos de hace un rato tengo el depósito de energía más vacío que la cartera, que ya es decir. Me temo que estoy buscando excusas. Lo hago a menudo. Me anticipo a las catástrofes sin ser consciente de que cuando llegan lo hacen con la potencia de un tornado que arrasa a su paso todo lo que encuentra: árboles, casas, pensamientos, libros, recuerdos, la historia de una vida, risas y temores. “Suerte”, me desean mis tres compañeros de aventura. Les doy las gracias y escucho con alivio el pistoletazo de salida. Me lo voy a tomar con calma, me digo una y otra vez.

Todos me adelantan

Ya no tengo frío, pero me duele todo. Es un dolor difuso, no demasiado intenso pero sí muy persistente. Una sensación similar a la que experimentas en plena resaca, con un malestar notable que empieza por la garganta y parece ramificarse por todo el cuerpo. Me gustaría seguir a Pau, pero es evidente que va lanzado y las piernas no me responden. A cinco minutos por kilómetro (5′) voy bien, pienso sin caer en la cuenta de que los toboganes son continuos y mis pulmones no están a la altura. Ignasi y Santi ya me han dicho que empezarían lentos y, efectivamente, durante los primeros minutos los tengo detrás. Ignasi me adelanta pasado el kilómetro uno y, aunque si hiciera un esfuerzo extra creo que sería capaz de seguir su ritmo por lo menos un rato, opto por dejarlo pasar. Prefiero esperar a Santi, que tiene (o eso creo) un nivel parecido al mío. A pesar de haber decidido tomármelo como un entrenamiento, empiezo a preocuparme por la dinámica que marca el cronómetro. Del 5′ paso al 5’05 y después al 5’10. Sólo llevo tres o cuatro kilómetros y, de seguir esta tendencia, acabaré arrastrándome antes de llegar a la meta. Cuando Santi me alcanza a la altura del kilómetro cinco me invita a correr con él, pero está claro que hoy no es mi día y le digo que siga a su aire, que ya me las apañaré.

Juegos mentales

Lo más curioso del caso es que, dentro del desastre, empiezo a sentirme cómodo y pienso que este es mi ritmo, que no tengo que forzar. A partir de ahora, mi mente se recrea con la idea de que en vez de 5 ó 6 kilómetros llevo 26 ó 27; de que esto no es una media maratón, sino un maratón entero. Visto de esta forma, y calculando que haya pasado la media en unos discretos 1.47, voy bien, muy bien, porque mi objetivo no es otro que bajar de cuatro horas. Claro que mi mente no puede obviar la realidad y en algún momento también soy consciente de que el peligro sigue ahí. Me han adelantado un montón de atletas, juraría que casi todos, y no me atrevo a mirar atrás. Por si acaso. Además del magnífico paisaje, lo bueno de este circuito es que es de ida y vuelta: de Ripoll a Sant Joan de les Abadesses. Cuando acabo de pasar el kilómetro 8 me cruzo con los primeros. Van como flechas, calculo que a 3.10 ó 3.15, lo que para mí sería casi un esprint.

No voy tan mal

Al cabo de un rato veo pasar a Pau. Rápido y concentrado. Me parece que va entre los cien primeros, todo un fenómeno. Un poco después me cruzo con Ignasi y, cuando ya estoy llegando al puente de Sant Joan, con Santi. Llegar a la mitad tiene sus ventajas, porque me permite descubrir a quién tengo detrás. Casi a nadie, concluyo horrorizado. La gente me aplaude y empiezo a sospechar que lo hacen por pena, como un gesto amable con el más rezagado entre los rezagados. Hasta que recuerdo que se supone que estoy en el maratón y que estoy alcanzando mis objetivos. En realidad, mi ritmo hace rato que es el mismo: 5.20. No voy tan mal y al orientarme hacia Ripoll observo que tengo unos cuantos corredores detrás. Sigo imaginándome que esto es un maratón y que estoy pasando el muro con más dignidad de la prevista. Soy un diésel, ya lo sabíamos.

Sensación agradable

Mi mente sigue debatiéndose entre la ficción y la realidad, pero cada vez estoy más cerca de Ripoll. Me siento bien, sin ninguna necesidad de forzar el ritmo para maquillar el resultado. Me distraigo admirando los verdes prados, las tonalidades cromáticas de la montaña, la paz que proyectan las vacas y caballos que pacen por doquier. El dolor difuso del principio de la carrera se ha desvanecido para dar paso a una sensación muy agradable, la que experimento siempre que puedo correr sin estar pendiente del cronómetro. De todas formas, al cruzar la meta no puedo evitar mirarlo. Marca 1.52, lo que equivale a un ritmo medio de 5.20. Asumo la realidad: es mi peor tiempo de la historia en un medio maratón. Pero teniendo en cuenta las circunstancias me parece bastante decente. Además, al final no he sido el último. He dejado casi a cien detrás. Mis tres compañeros me están esperando hace rato, claro. Pau ha conseguido un registro brutal (1.29); Ignasi, 1.37 y Santi, 1.44. Felicidades a los tres. Seguro que en el Maratón de Milán, este domingo, también lográis buenas marcas.

  1. Enhorabuena, has conseguido que te lea con emoción.

    Al igual que tú, he pasado por varias fases. Primero me has dado PENA, si yo no duermo, no me planteo ni levantarme. Yo hubiera abandonado en el primer síntoma de naúsea. Despues me has dado ENVIDIA, ¡qué cabrón!, que fuerza de voluntad tiene, con lo que está sufriendo mental y físicamente, y el tío sigue. Y encima, el último. Luego CONFIANZA, gracias a esas “pajas mentales”, si sigue así conseguirá no acabar el último y no hacer el ridículo (“ese tipo que se dedique a otra cosa”). Después ALEGRÍA, Josep no miente, es verdad que disfruta del paisaje. Por último, ADMIRACIÓN. ¡Lo has conseguido!, pese a estar de resaca, no haber dormido, haber vomitado, ser un grandullón, no estar del todo preparado,… ERES EL MEJOR de los casi 100 últimos. ¡ENHORABUENA!

  2. Buenas a todos:
    Primeramente quiero dar las gracias a todos por todos los piropos que he recibido desde vuestra web.A partir de los cuarenta van escasos y se agradecen muchisimo más.
    Felicitaros por la web.Conseguis dar un tono literario de calidad a un mundo en el que no abunda.
    Animar a en Josep,que ademas de recuperar una amistad estoy seguro,si no se cansa,conseguirá buenos resultados.
    Habeis conseguido que cada dia entre mis obligaciones favoritas este ir a correr y visitar vuestra pagina.
    Felicidades !!!

  3. Yo también he sentido emociones muy similares a las de Ana. Para mí que deberían beatificarte o comprobar si no eres de acero.

  4. Y sobre todo has conseguido que tu mente domine sobre tu cuerpo que te pedía abandonar antes y durante la carrera. Creo que te puedes dar por satisfecho con independencia del resultado: !las carreras de fondo no las ganas sólo los que llegan los primeros a meta!

  5. ¿Hablaste con el último? Sería interesante saber de él.

  6. Jajaja, sí, Ana, sería una magnífica entrevista. Pero es lo que dice Ramón: las carreras de fondo las ganan todos los concursantes, incluso el último. En una sociedad competitiva como la nuestra a veces nos cuesta verlo así, pero en nuestro caso, no hay duda, lo importante es participar. Gracias también por seguir tan de cerca mis textos.

    Y tú, Inés, ya sabes bien que ni puedo aspirar a santo ni soy de acero, pero me gusta que lo insinues.

    Gracias también a ti, Pau. Celebro que te guste la página y te deseo lo mejor para el domingo en Milán.

  7. What can I say, Josep? Sigues superándote, nen. Eres un fuera de serie en el arte de generar emoción, belleza y conocimiento en un mundo tan árido, y fascinante, como el de la carrera de larga distancia.

    Esta clase de relatos tienen tirón como para un libro. Entretanto, te propongo un reto. ¿Por qué no nos relatas cómo fue el encuentro con los compañeros de colegio y trazas un paralelismo con las carreras? Ya sé, es una pregunta de ladilla, pero dado el estado de gracia en el que te encuentras creo que podemos pasar un rato muy divertido.

  8. ¿También te hubieras sentido “ganador” aún llegando el último?
    Por favor, que hable alguién que alguna vez en su vida haya quedado “el último”, en lo que sea.

  9. Correr una carrera como esta y acabarla, siempre es un triunfo, pero dadas las circunstancias, creo que debes estar muy contento con tu resultado. Al final, me tendrás que dar la razón, en lo que te dije que comiste demasiado, y que se puede correr con el estómago vacío, o comiendo poca cosa. Lo de llegar último, creo que tiene un gran mérito, siempre he pensado que el simple hecho de estar ahí i tener la suficiente fuerza para aguantar sabiendo el lugar a que vas allegar, a mi me merece un gran respeto. Saludos.

  10. Ufff, Pedro, ni siquiera en mi “estado de gracia” me veo capaz de afrontar este reto. Más que nada porque no quiero enemistarme con ninguno de mis compañeros. Pero me apunto la idea y, quién sabe, a lo mejor descubro cómo darle forma.

    La verdad Ana, es que llegar último no entraba en mis planes y si hubiera ocurrido no sé cómo habría reaccionado. Lo más probable es que me hundiera en la más profunda de las depresiones y colgara para siempre las zapatillas. O tal vez no. Tal vez sería capaz de reaccionar y decirme “a por el penúltimo puesto!”. En cualquier caso, Antoni tiene toda la razón: llegar último tiene un gran mérito y merece mucho respeto. ¿Mi desayuno? Sí, supongo que me pasé, pero sigo pensando que también influyó mucho la carretera, el ir de paquete en el coche.

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