Match Point

Aquí os presentamos el segundo clasificado en el I Concurso de Relatos de maraton.es. El autor de esta genial historia es Raúl Elena, quien se llevará a casa un i-pod y el reconocimiento de todos los que hacemos esta página por su original relato.

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La diferencia entre estar dentro y fuera

A los míos, porque sí Match Point

En ese plano genial de Match Point en el que un anillo flota en el aire antes de caer o no a las aguas del Támesis, de caer o no al piso y hacer que algunas cosas cambien; en ese fragmento de obra maestra estoy pensando ahora, antes de que empiece todo, mirando la valla amarilla que nos distingue del público, tan cerca pero separados. Nada más fácil que dar dos pasos, un salto y cambiar de bando, soltar los imperdibles y decidir no ser parte de este juego doloroso. Nada más fácil. Nada que ver con el azar. Nuestra elección tiene que ver con el egoísmo. Hemos decidido estar, hemos decidido hacerlo otra vez más, untarnos de vaselina y reflex, gritar como posesos, abrazarnos, escuchar el disparo y empezar a correr. Por fin, correr.

La salida sigue emocionando a pesar del paso del tiempo. Ver a la Rubia de verde y a mi padre imitando mal a Robert Capa me tranquiliza. Pensar en V, también. Levanto el brazo. Me voy. La Castellana es un trámite para llamar al sudor. El suelo no vuelve a empinarse hasta Raimundo Fernández Villaverde. Una desconocida lee en la camiseta y me anima; me siento egoísta, los ánimos nos hacen falta a todos. Busco en Fuencarral la pensión donde me quedé en junio y recuerdo la lluvia que me empapó esa noche. Este cielo de hoy no traerá agua. Por Sol paso medio cabreado porque es estrecho y me frenan un poco. Aplaudo a los músicos. Giro a la derecha y me voy colocando en el lado bueno. Voy recuperando el tiempo perdido en los primeros kilómetros. Junto al Palacio la carrera se hace ancha y más cómoda. Voy bebiendo y calculando cuando paso otra vez junto a los míos. “De momento bien”, les grito para tranquilizarles; cualquier cosa para evitar una pregunta o un consejo atroz de retirada si las cosas empeoran. No sé si les convenzo pero sigo para adelante. Llevo buen ritmo.

Paso por la media seguro y en el kilómetro veinticuatro ajusto por fin el reloj: dos horas exactas. Ahora a rebajar un poco y luego, mantener. Mucha calma. Empieza de verdad el infierno. No es que la Casa de Campo sea una casa de putas, no es eso; es, que de repente empiezo a ir mal. Aquí, donde la ciudad deja paso a los árboles, donde no hay coches aparcados, donde las cosas parecen más fáciles, me atasco. Trucos. Físicos y de los otros. La pastilla de glucosa que el Sombri me dio en la salida. La muerdo como puedo, escupo el envoltorio, intento masticar. Me ahogo. Algunos me adelantan. Eso siempre molesta: el egoísmo, ya lo dije. Bebo agua para que la pastilla no acabe conmigo, seguro que es solo un mal momento; es demasiado pronto para escalar muros. También intento seguir el ritmo de una chica morena con la camiseta empapada y muy pegada al cuerpo; no es un éxito pero da resultados más inmediatos que la química.

Entre unas cosas y otras se acerca el veintinueve y sé que toca ya sentir a la infraestructura Bolilla. La gorra hacia atrás para ver algo, la chica morena abandonada por ahí, agua, y un tramo limpio de carretera. Antes de una rampa en curva de las que tanto me gustan, tipo Tour, distingo con claridad las zapatillas verdes y el pelo rubio de Maite, y estiro un dedo y no digo nada, la miro a los ojos y me siento protegido, están arriba, me dice, y subo, veo una pancarta que no es la nuestra, saludo, y justo detrás la pancarta buena y los locos gritando. Es la hostia pasar al lado de ellos, sin decir nada, viéndoles dar saltos, oyendo mi nombre de guerra, echándome encima casi de la Fonta. En mi libro personal de peticiones pido dos cosas: que no cambien nunca. Y que el capitán llegue por lo menos hasta esta curva. Después de las emociones vuelven la calma y el dolor. Miles de cálculos con el reloj. El miedo a las kilómetros que empiezan por tres. La sicóloga le pidió a Sombri que durante la carrera contase para no aburrirse. Cualquier cosa, los pasos que daba con una pierna, los árboles, los segundos. Yo le imaginé contando tortazos o calimochos de tres en tres o llamadas perdidas. A él no le hace falta. A mí tuvo que venir V, como siempre, a sacarme del pozo.

Tres cero cinco en el treinta seis: nada mal. Si no fuera porque estoy medio muerto. El cuello, la cadera, el empeine, el calor. No seas maricón, no te vayas a rendir ahora. No es la gente. Soy yo el que lo dice. Qué son seis kilómetros. Quién se ha muerto por recorrerlos. Me paro sin querer, en una melé ante una mesa de avituallamiento. Aprovecho para respirar y camino unos pasos, bebiendo, mirando, pensando. Volver a correr duele. Sé que pararé más, y sé también que no importa. En setiembre en Valladolid, vestido de calle, tuve que ir hasta el coche deprisa a buscar no sé qué. Eran cinco minutos de nada. No pude. Paré en medio de la calle, sin apoyarme, en silencio. Un dolor punzante me atravesaba el gemelo izquierdo. Llevaba tres meses sin entrenar. Me sentí muy mal. Pensé que no volvería a correr nunca. No tengo ni idea de por donde ando. He pasado el Calderón, pero ahora las calles se me hacen todas iguales. La gente ha acabado con el silencio y empieza a poblar otra vez el borde de la calzada. Qué tendrá la palabra de un desconocido para que empuje tanto. Camino un poco. Estoy seguro de no haberlo decidido yo. Las pocas decisiones que me queden serán para reanudar la marcha. No me fío de los carteles. No me fío de mí.

El protagonista de Match Point es una fábrica de egoísmo. Decide lo que quiere, lo que le gusta, y el precio de aquello a lo que tendrá que renunciar. En el camino sufre, pero sigue adelante. Luego, el anillo cae del lado bueno. Admito que la Rubia habrá vuelto a su infancia de pescaderías y de la Calle Calatrava. Casi prefiero que recuerde mi imagen de hace un par de horas en Bailén en vez de tener que sufrir viendo este deshecho que soy ahora y que no hace más que derramarse botellas de agua con la gorra puesta. Me arrastro. No consigo ver el final de Menéndez Pelayo. No consigo recordar el plano para ver donde terminaba la subida. Un tragaleguas me anima. La gente nos dice valientes y campeones y otras mentiras menores. De repente mucho ruido. Por fin la curva hacia la izquierda, el piso llano. Se me echa encima un grupo numeroso y los sigo, o eso creo. Otra ver girar para entrar en el Retiro. Los Bolillas y sus gritos. Mi brazo en alto. Por ustedes. Dentro del parque las vallas me separan del público otra vez. Siento el asfalto destrozándome. Por costumbre elijo la zona izquierda. No veo a nadie. Aplaudo, creo. No sé a quien. Está la meta ahí enfrente. Yo decido si llegar o no. Yo decido lágrimas o puños apretados. Yo decido en quien pensar. r.e.c.

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