Estos son mis pies
Ya sabemos que tener pies no es imprescindible para vivir, que hay personas que deben apañárselas sólo con uno o sin ninguno de los dos. Pero tener pies ayuda, está claro, y más cuando te gusta correr. Podríamos decir, en realidad, que es la base de los maratonianos, que sin pies no llegarían a ninguna parte a menos que
practiquen el handcycle. Basta de perogrulladas. La realidad es que mis pies, los que aparecen en la foto, podrían ilustrar perfectamente algún estudio de antropología física y, más concretamente, un informe sobre la evolución de los primeros homínidos y los fenómenos de variabilidad genética.
Dedos en forma de garras
No son unos pies normales, para qué vamos a engañarnos. Ni han sido nunca mi mejor tarjeta de presentación. Son grandes, blancos y anchos, no hay duda. Y, por fortuna, poco peludos, pero los dedos irregulares y en forma de garras parecen indicar que no evolucionaron al compás de la especie, que probablemente hubieran sido más eficaces antes del paso a la marcha bípeda, en una etapa anterior a los primeros australopitecos. Otra particularidad es que el izquierdo es más largo que el derecho. Bastante más, algo así como dos centímetros. En consecuencia, si quisiera comprar un calzado que se adaptara a la longitud de cada pie me vería obligado a adquirir dos pares, uno del 46 y otro del 44-45. Como es obvio (nunca he sido rico) sólo compro un par del 46, con lo que el pie izquierdo encaja perfectamente en zapatillas, zapatos o chanclas mientras que el derecho, pobre, tiene que acostumbrarse a que todo le vaya un poco grande.
Arco de gorila
Pero quizá la principal característica de mis pies, de ambos, es que son muy altos, con un arco más propio de un gorila que de un humano. Ya de pequeño noté que muchos zapatos no me entraban por mucho que el vendedor y mi madre insistieran en que eran de mi número. Enseguida me acostumbré a probarme sólo el izquierdo, para qué perder el tiempo. Y por pura necesidad me decanté por los modelos anchos y cómodos, ya que de lo contrario me arriesgaba a sufrir tanto como esas aristócratas del siglo XIX que ignoraban el dolor con tal de poder calzarse unos zapatos muy bonitos pero demasiado pequeños para sus pies.
Resistentes y funcionales
Eso sí, los míos son muy resistentes y funcionales, capaces de realizar cualquier clase de esfuerzo sin quejarse. Y eso que, con mi peso, las plantas y el talón sufren lo indecible, por no hablar de las uñas negras que aparecen no precisamente por arte de magia cada vez que intensifico los entrenamientos. Pero la verdad es que nunca han sufrido
lesiones de importancia ni me han obligado a abandonar ninguna carrera. A pesar de su falta de armonía, de una estética más bien horrenda que les impide destacar en el mundo de la moda, nunca he dejado de quererlos y, como premio a su paciencia, de vez en cuando les doy masajes con aceite de coco y los baño en agua salada, que sé que les gusta mucho el mar.