Récord frustrado (II)

Por mucho que se repitan los rituales, el inicio de una carrera es siempre un momento muy especial, algo así como la previa de un encuentro amoroso en el que sabes que vas a echar el resto. Lo bueno de estas situaciones es que la mayoría sólo nos fijamos en nuestras propias referencias y únicamente competimos con nosotros mismos. En caso contrario, casi todos estaríamos condenados a la frustración permanente, porque sólo puede ganar uno o, si nos fijamos en las distintas categorías, cinco o seis. No más. Pocas veces, ni siquiera en las carreras, corro al límite de mis posibilidades, pero ese día en Aranjuez estaba dispuesto a darlo todo, ganarme a mí mismo, sentirme un campeón.

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Y por fin se dio la salida de la prueba... Récord frustrado (II) Récord frustrado (II) maraton8
Y por fin se dio la salida de la prueba…

Es curioso. El ochenta o noventa por ciento del vocabulario que utilizamos cada día es siempre el mismo, pero casi nunca tenemos la sensación de estarnos repitiendo. Como en una especie de déjà vu, pensamos que eso que estamos diciendo u oyendo ya lo hemos dicho u oído alguna vez, pero tampoco nos paramos a reflexionar sobre ello, tal vez porque llegaríamos a la conclusión de que nuestra vida no es más que una acumulación de repeticiones. Sería terrible y, por otra parte, inexacto. Cada segundo es distinto y todas las vivencias son nuevas. Carpe diem puede ser el instituto de Getafe situado delante del pabellón donde entrena Rebeca, una locución latina que ya va quedando desgastada de tanto usarla o, con suerte, una forma de vivir la vida. ¿A qué vienen estas elucubraciones? Ni yo mismo lo sé. Empieza la carrera.

Salida lenta

Somos casi 4.000 y la salida es un poco lenta, tanto que no cruzo la pancarta hasta que ha transcurrido más de un minuto desde que sonó el pistoletazo. No importa, para eso está el chip y por eso llevo el cronómetro. Mi objetivo está claro, pero las cosas se complican desde el principio. No puedo correr tan rápido como desearía porque la marabunta humana me lo impide. Hasta que estamos completando el primer kilómetro no consigo bajar de 5′ y, por tanto, me veré obligado a acelerar. Puede que sea un reto absurdo (lo pienso mientras un anciano nos grita “¡Menos correr y más leer el periódico!”) pero quiero bajar de 45′ y necesito ir a una media de 4.30′. Cuando llego al kilómetro dos observo con alivio que el cronómetro marca 9′. Misión cumplida. Ahora sólo falta mantener el ritmo.

Sin referencias

Me siento bien, sin ningún tipo de molestias. Las piernas responden y en ningún momento tengo la sensación de ir a tope. Por si acaso, intento coger una referencia, algún corredor experimentado que vaya a la velocidad de crucero que me interesa mantener. Por mucho que la experiencia me diga que es algo complicado, caigo una y otra vez en el mismo error. Ahora mismo, por ejemplo, este atleta de pelo rapado y zamarra del Athletic acaba yendo demasiado lento y me veo obligado a adelantarlo pasado el kilómetro tres. Lo cambio por una chica rubia que lleva una camiseta del Club Marathon Aranjuez. En seguida me doy cuenta de que no vamos acompasados. Correr detrás de ella conlleva un plus de cansancio que me podría pasar factura. Como consecuencia lógica, voy cediendo terreno y cada vez se aleja más. Será mejor buscarme mis propias referencias, centrarme en mí mismo y hallar la cadencia adecuada.

  1. Decía Michael Pfeiffer, le recordarás porque una vez fuimos a una conferencia suya en la Pompeu Fabra, que el autor es también cronista de su época, sobre todo en la narración. Que nos aporta algo de su epoca y de su experiencia. ¿Crees que esto también es así en este blog?

  2. Tus elucubraciones son muy lúcidas, me hacen reflexionar plácidamente. No te preguntes de dónde vienen porque vengan de dónde vengan, bienvenidas sean. Gracias por compartirlas.

  3. Sí, Xènia, le recuerdo perfectamente. Supongo que es inevitable y, lo quieras o no, eres cronista de lo que describes, no hay escapatoria. De todas formas, nada más lejos de mi intención (y más aún en este blog) que testimoniar una época, porque resulta que lo que acaba quedando es en gran medida una ficción. En cualquier caso, no creo que nadie pueda decidir qué es real y qué no lo es en el campo de la narración.

    Gracias, Inés. Me alegro de ayudarte a reflexionar con calma. Y también me encanta contar con tu apoyo.

  4. Pensé que hoy leería tu derrota moral pero me toca esperar. Arg! Y no lo digo porque disfrute viéndote perder, sino para poder comprobar cuando dista la derrota real de la que marcó tu cabeza.

  5. Como tu dices, en una carrera, solo puede ganar uno, y con posibilidades de hacerlo, puede que solo haya media docena como mucho. Si todos corrieran para ganar, ya no se harían carreras, porque no iría nadie. Todos tenemos un motivo y una meta, y para cada uno puede que sea distinta, y lo que vale para mí, puede que no valga para otro.

  6. Derrota moral, derrota real… Son conceptos interesantes, elhijodelchato. La misma palabra derrota quizá es demasiado contundente, aunque todo depende de cada uno, claro.

    Es lo que dice Antoni: todos tenemos un motivo y una meta. Y de la misma manera que cada uno coloca el listón de la derrota donde mejor le parece, también baja o eleva el del éxito en función de sus circunstancias.

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