Récord frustrado (III)

Siempre que estoy a punto de hacer algo grande, o por lo menos grande para mí, me encanta dar rienda suelta a la imaginación, elevarme muy por encima de donde me encuentro para visualizar hazañas mucho mayores. Como que estaba corriendo en Aranjuez y no hacía mucho que el cronista oficial del Real Sitio, José Luis Lindo, me había regalado su análisis histórico sobre los estudios cinematográficos, me costó poco verme de protagonista de una película en la que, cómo no, estaba luchando para ganar. Admito que tengo mucha imaginación, pero la estrategia me sirvió para mantener el ritmo a 4.30 y acercarme cada vez más al objetivo: bajar de 45′ en los diez kilómetros.

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A pesar de mantener el buen ritmo, mis ansias de batir el récord se vieron frustradas Récord frustrado (III) Récord frustrado (III) maraton62
A pesar de mantener el buen ritmo, mis ansias de batir el récord se vieron frustradas

Como bien explica Lindo en su magnífico libro, muchos fueron los ribereños que tuvieron una relación directa o indirecta con la meca cinematográfica que fue Aranjuez entre 1932 y 1948. Carpinteros, electricistas, conductores, sastres, pintores, albañiles y, por supuesto, extras que participaron en las películas rodadas en los platós de los Estudios Cinema Español (ECESA). Más de sesenta años después, también eran muchos los ribereños que salieron a las calles para animar a los participantes en la carrera, para animarme a mí. O por lo menos eso me gustaba pensar mientras, metido de lleno en mis delirios, especulaba con la idea de que bajando de 45′ iba a ganar.

Pulsión aventurera

Y lo cierto es que estoy en camino de lograr mi propósito. Por fin he dado con el ritmo adecuado, 4.30 justos, y me bastará con acelerar un poquito en los últimos metros para sentirme el rey de reyes. No es ninguna obligación, sino un auténtico placer. Descartada la idea de seguir a alguien, avanzo a mi aire entre los jardines junto al Tajo, un escenario plagado de fuentes y estatuas, idóneo para sentirse a gusto y anticipar mentalmente la satisfacción que supondrá llegar a la meta. Me invade la pulsión aventurera del Capitán Ahab, de Flash Gordon, de Indiana Jones. Es como si me hubiera reencarnado en los héroes dibujados o filmados que alimentaron mis tiempos de ocio durante la adolescencia: no es que me enfrente a todos los riesgos para correr en pos de la aventura, la aventura soy yo. Los focos, las cámaras, los aplausos… todo indica que voy a conseguirlo, que será el mejor final para un espléndido guión.

Últimos metros

Cuando alcanzo el kilómetro nueve el cronómetro marca 40.15. Perfecto. Incluso puedo plantearme reducir un poco la velocidad, pero no voy a hacerlo. Es mi día, es mi récord. La rebelión de Prometeo y el periplo de Ulises se quedarán cortos ante la magnitud de mi gesta. El hombre récord, ese soy yo. Absorto en mis pensamientos, redoblo los esfuerzos para llegar a la meta. Cada vez estoy más cerca y quiero darme un baño de masas. De repente, como ocurren siempre estas cosas, tropiezo con algo y salgo volando hacia adelante; como si me tirara de cabeza a la piscina pero sin piscina. El impacto contra el asfalto es doloroso. Pierdo las gafas. Temo que algún corredor las aplaste, pero oigo una voz que dice “¡Toma, campeón!”. Alguien más me anima y, recuperada la vista, calculo que habré perdido más de medio minuto. Empiezo a correr con todas mis fuerzas, ajeno al dolor en las rodillas, a la sangre en las palmas de las manos. Es evidente que ya no recuperaré el ritmo de antes, pero un vistazo rápido al cronómetro me indica que aún puedo conseguirlo, que sólo necesito un gran esprint. Me muerdo los labios y subo a 220 los latidos del corazón. Cruzo la meta más nervioso que cansado. Miro el cronómetro: 45.03. Récord frustrado.

  1. Has conseguido mantenerme intrigada hasta el último momento. Qué bien escribes!!!. ¿Frustración? Nunca me hubiera sentido frustrada por tres segundos y menos después de haber sufrido ese pequeño accidente. Eres un auténtico campeón con tus pies y con tu teclado.

  2. Como sucede con los mejores narradores, uno nunca sabe cuando estás de broma. Sea como fuere, el lienzo de la carrera es harto interesante. Hipnótico, incluso.

    Coincido con Inés en que esos tres segundos mezclados con el percance deberían significar una medalla para vos. Seguiremos visitando su bitácora con curiosidad casi reverencial.

  3. Gracias, Inés, aunque no creo que sea para tanto. En cualquier caso, siempre me anima leer tus comentarios.

    Lo mismo te digo, Pedro. Como sucede con los mejores comentaristas, no sé si te estás cachondeando de mí, pero me gusta que me leas y me impulses a seguir escribiendo.

  4. Decía William Shakespeare: “Hay caídas que nos sirven para levantarnos más felices”.
    Estoy convencida que éste no corría y que si lo hacía iba disfrazado de viejecito en pantalón corto.

    ” No hay camino llano que no tenga algún tropezón o barranco”

    Sigue así Josep, eres el mejor (escribiendo).

  5. Muchas gracias, Ana. Veo que también te has decidido a animarme aunque sea exagerando. Por cierto, un día de estos colgaré un artículo sobre un pequeño premio literario de maraton.es. Con lo bien que escribes, seguro que podrías llevarte unas buenas zapatillas o un ipod.

  6. Gracias Josep.

  7. Yo creo que en nuestros particulares retos personales, debemos tener derecho a poner nosotros las normas. Después de haber tropezado, inmediatamente después de caer al suelo, debiste parar el cronómetro, y una vez te fueron entregadas tus gafas y vuelto a reanudar la marcha, entonces debiste ponerlo otra vez en marcha (como si en un momento así estuviera uno para pensar). O lo que es lo mismo, descuéntale al tiempo final, el tiempo que perdiste. Saludos

  8. al final si le ponemos muchas ganas y sufrimiento se consiguen los resultados aunque tengamos mil intentos frustrados. hoy mismo yo he superado un eslabon que hacia años que perseguia.

  9. Me has recordado al pobre Martín Fiz en la final de Atenas 97… sucumbiendo en los últimos metros ante Abel Antón, aunque lo tuyo fue más triste porque sucumbiste contra ti mismo. Bueno, las heridas se curarán, si te das prisa, todavía estás a tiempo de batir ese récord, pero, eso sí, date prisa!

  10. Antoni, supongo que tienes razón, pero hay algo que me impide descontar al tiempo final el medio minuto que perdí. Al fin y al cabo, mi caída se produjo durante la carrera, fue una parte más de ella, y de alguna forma fue mi torpeza la causante de todo. De todas formas, creo que este año estoy en condiciones de enfrentarme de nuevo al mismo reto y, como dice Rubens no sin ciertas dosis de sarcasmo, todavía estoy a tiempo de conseguirlo… si me doy prisa. (La pregunta, Rubens, es: ¿sigues corriendo tanto y tan rápido como en esa dorada época en Griñón?).
    Tienes razón, Santi. Comparto contigo la alegría por haber superado ese eslabón que seguro que te acercará a nuevos eslabones, a otros resultados que también conseguirás tras una larga o no tan larga serie de intentos frustrados.

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