El simple acto de correr implica coincidencias reiterativas. Si tomamos la acepción más común del diccionario, convenir o ajustarse una cosa con otra, tendremos que admitir que nuestras zancadas son producto de un enorme despliegue de coincidencias, piernas y brazos que se entrecruzan constantemente para permitirnos avanzar. Si nos fijamos en otro de los sentidos del verbo, ocurrir dos cosas al mismo tiempo, está claro que cada vez que corremos se producen multitud de coincidencias a cada paso que damos. Y si nos ceñimos al tercer significado, concurrir simultáneamente dos personas en el mismo lugar, nos sobrarán ejemplos de coincidencias cada vez que salimos a correr.
¡Qué coincidencia!, exclamamos a menudo cuando nos encontramos con algún conocido en un lugar insospechado. Pero lo cierto es que ese encuentro es más probable de lo que imaginamos y, si no nos hubiéramos encontrado con esa persona, muy posiblemente hubiéramos coincidido con cualquier otra. Coincidir es lo más natural del mundo y los corredores estamos tan acostumbrados a hacerlo que hay muy pocas cosas que puedan sorprendernos.
Pautas teóricas
Si trazamos uno de nuestros rodajes sobre el papel, o lo visualizamos con la ayuda de nuestra imaginación, es fácil verlo como algo muy estructurado, con una salida, un ritmo determinado, unos caminos concretos y un final a la hora prevista. Estas pautas teóricas, que muchas veces se acaban cumpliendo sin mayores dificultades, en otras ocasiones chocan con el carácter azaroso, abierto e incoherente de la vida.
Conexiones de todo tipo
Vistas desde la perspectiva de un atleta de fondo, las coincidencias permiten establecer conexiones instructivas y misteriosas entre personas que normalmente no hubieran tenido nada que ver. A veces pueden ser el inicio de una larga amistad, pero tampoco hay que descartar que se incluyan el en capítulo de interrupciones callejeras y acaben desembocando en una pelea o algo mucho peor.
Mala suerte
Sin llegar a extremos tan desagradables, lo que sí que acostumbra a ocurrir con cierta frecuencia, y bastante en sintonía con nuestra particular Ley de Murphy para corredores, es encontrarte con la persona que menos desearías encontrarte, generalmente cara a cara y en un espacio en el que resulta completamente imposible fingir que no la ves.
Más mala suerte
También puede suceder todo lo contrario, claro. Pero si es así, si por fin coincides con esa persona que hace tanto tiempo que deseabas encontrarte por casualidad, no es extraño que al acercarte a saludarla recuerdes que llevas la camiseta manchada de sudor, que hueles a sudor, que en estos precisos instantes eres todo sudor.
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Jajaja Josep, está claro que las coincidencias entrañan ciertos peligros, pero también son la salsa de la vida.
Sin duda, Ricard, sin duda.