Almogávares en Nueva York

Cuando no hace ni una semana que el brasileño Marilson Gomes Dos Santos se impuso por segundo año consecutivo en el Maratón de Nueva York, mi amigo Antoni Rigol me envía una fotografía en la que se le puede ver cruzando la meta de la multitudinaria prueba neoyorquina. La foto fue tomada veinte años atrás y demuestra que Antoni, que completó la distancia en tres horas y veintitrés minutos, estaba en plena forma. Pero, más allá de esta evidencia, su camiseta con los colores de la ‘senyera’ nos puede servir para establecer más de un paralelismo entre los esforzados maratonianos y los almogávares, temibles mercenarios que entre los siglos XIII y XV defendieron por todo el mediterráneo los colores de la Corona de Aragón.

Para empezar, fijémonos en la poblada barba de Antoni, en su oscura cabellera. Y en su indumentaria. No está compuesta exactamente por túnica corta, calzas de cuero y abarcas, como la de los almogávares, pero tampoco hace falta esforzarse mucho para imaginárselo como un valeroso combatiente. Y ahora observemos el esfuerzo y la determinación grabados a fuego en su mirada. Acaba de correr más de 42 kilómetros, pero seguro que no nos apetecería enfrentarnos a él.

Valioso documento gráfico que testimonia la llegada a meta del corredor catalán Antoni en el maratón de Nueva York celebrado en 1988

Sufridos y ágiles

Algo parecido ocurría con los almogávares. A nadie le hacía ninguna gracia tenerlos como enemigos a pesar de que no llevaban corazas ni escudos. Ni siquiera usaban picas o grandes espadas. Sólo una azcona (lanza arrojadiza), cuatro o cinco dardos y un colltell, especie de cuchillo largo y muy afilado. A la espalda o al costado les colgaba un zurrón para las provisiones. Todo muy ligero, como los maratonianos. Eran rudos y fuertes, sufridos y ágiles. Su formación guerrera no era más que una consecuencia obligada de su forma de actuar, que muchas veces les impedía cuidarse en la carrera. En aquella época, las incursiones en terreno enemigo las efectuaban generalmente fuerzas de caballería que, con la misma rapidez con que asestaban un golpe, podían escapar a la persecución del enemigo. Pero los almogávares las realizaban a pie, con el tremendo riesgo que suponía no disponer de caballos para escapar.

Resistencia y estrategia

Sus largas y fatigosas marchas requerían que, además de poseer una enorme fortaleza física, fueran extremadamente frugales. En el zurrón sólo llevaban pan y completaban su alimentación con hierbas y frutos secos, si es que los encontraban. ¿Os suena? Debía ser una sensación parecida a la que se experimenta cuando llevas corridos más de 30 kilómetros, se te acaba el glucógeno y no tienes otro remedio que tirar de las grasas. Según el cronista Desclot, los almogávares soportaban lo que ningún hombre hubiera podido resistir. Otro punto en común con los corredores de fondo, ¿verdad? Siendo muy esquemáticos, podría decirse que se regían por dos normas fundamentales: la sorpresa y el aprovechamiento del terreno. De la segunda, los maratonianos somos unos expertos. Sabemos si hay que incrementar el ritmo o si debemos reducirlo; elegimos las carreras en función de nuestros intereses y necesidades, a estrategas no nos gana nadie. En cuanto al factor sorpresa, seguro que más de una vez hemos desconcertado a amigos, conocidos y saludados cuando se enteran de que hemos corrido o queremos correr un maratón. Más que sorpresa, provocamos estupor, casi miedo. Y eso que no llevamos armas.

Cuatro virtudes básicas

Dicen que un buen almogávar debía reunir cuatro virtudes básicas: sabiduría, esfuerzo, buen seso y lealtad. Estoy convencido de que no son cualidades desconocidas para nosotros que, como ellos, tendemos a priorizar la flexibilidad frente a la pesadez y preferimos ser ágiles que lentos. Y lo digo yo, que no soy precisamente de los más ágiles y flexibles que se mueven por el mundo del running. En una época en la que se luchaba cubierto de hierro, los almogávares no lanzaban sus azconas y dardos contra el jinete, sino contra el caballo. Una vez muerto o malherido, el caballero embutido en su armadura se convertía en una víctima fácil. De eso se trata, de buscar el camino más sencillo para conseguir nuestros objetivos. Usar la cabeza y aprovechar nuestros puntos fuertes.

Espíritu de lucha

Poco se esperaba mi amigo Antoni Rigol que su foto con la camiseta de la senyera me serviría para compararlo con un almogávar, pero estoy convencido de que no le parecerá nada descabellado. Camionero autónomo desde hace más de 30 años, Toni es además un corredor viajero, un maratoniano experto que devora a diario (en su camión, no os vayáis a pensar que desde que le hicieron esta foto se ha transformado en una gacela) centenares de kilómetros de tierra y asfalto, escribe en su blog en catalán y opina que los que corremos habitualmente tenemos muchas cosas en común. Sé que la inmensa mayoría detestáis la violencia y tal vez la idea de ser almogávares del siglo XXI no acaba de convenceros, pero os pido que os quedéis con el espíritu de lucha, la resistencia y la feroz obstinación de unas personas que mientras pudieron nunca dejaron de correr.

josep.pastells@coguan.com

  1. Lo que me gusta de este blog es que no sólo aprendemos cosas interesantes sobre el noble arte de extenuar el organismo. También hay lugar para la cultura, el orgullo y un sentido del humor tan sutil como logrado.

    Dicho lo cual, me ha gustado la foto nostálgica y la imaginación que trabaja para situar el escenario (y a su protaginista) 20 años atrás, a los pies de la dama de la libertad. No obstante, cómo se puede apreciar en el blog de Antoni, el retratado sigue en la brecha y no precisamente para ser complaciente con el mundo que le rodea.

  2. Nada complaciente, es cierto. Antoni ejerce de observador crítico en ámbitos tan diversos como las carreteras y la política. Siempre con una deportividad fuera de duda, acostumbra a expresar su estupefacción ante los desórdenes de nuestra sociedad.

  3. La verdad es que la comparación me honora, pero no creo que hubiese sido un buen Alogaver, para serlo supongo que hacia falta algo mas que correr. Soy un pacifista convencido, y seguro que los métodos que utilizó aquella gente para conseguir sus fines, nos horrorizarían a la mayoría, pero hay que tener en cuenta que eran otros tiempos, y la vida era mucho mas dura de lo que es ahora. Saludos y gracias por tu relato. Un abrazo

  4. Así es, Antoni. Imagino que para esos guerreros cortar el cuello de una persona era algo parecido a aplastar un mosquito. Ya sé que tampoco te gusta matar mosquitos, pero te comparé con ellos fijándome más en el esfuerzo, la resistencia y la determinación que en cualquier otra de sus características. Hasta pronto.

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