Aviso para corredores (III)

Cuando ya empezaba a convencerme de que tenía controlado lo de las caídas, de que el riesgo anunciado era más leve de lo que había temido al principio, quizá inexistente, reparé en la existencia de otro cartel, de otros carteles exactamente iguales que los demás, con letras negras sobre fondo blanco, pero con un mensaje mucho más perturbador. Peligro indefinido, leí estupefacto.

Más consejos para valientes corredores

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Pronto advertí que los carteles se iban alternando. Riesgo de caídas, peligro indefinido, riesgo de caídas, peligro indefinido. Y así decenas de veces (¿cómo no me habría dado cuenta antes?), generando en mi pensamiento todo tipo de especulaciones que en ningún caso presagiaban nada bueno. Pensé en el último libro de Mario Benedetti, Vivir adrede, donde el autor uruguayo afirma que el miedo nos abre los ojos, nos cierra los puños y nos mete en el riesgo desaprensivamente. Y también da por buena la fórmula que dejó escrita el bueno de Pessoa: “Espera lo mejor y prepárate para lo peor”.

Corazón encogido

Si el riesgo de caerme era relativamente sencillo de neutralizar, ya que a pesar de no conocer su origen me bastaba –o eso creía– con controlar donde ponía los pies, lo del peligro indefinido me condenaba a completar la carrera sin el ánimo de los grandes maratonianos, con el corazón encogido, temeroso de que en cualquier momento me sucediera algo terrible. Era una sensación tan difusa e imprecisa como el propio cartel. Peligro indefinido. ¿A quién se le ocurre poner algo así?, ¿qué mente pensante puede llegar a la conclusión de que esta advertencia puede serle útil a alguien?

Las mil y una formas del peligro

Como si vivir la vida no fuera ya bastante peligroso, una osadía que en el momento menos pensado puede culminar en catástrofe y ponerte a criar malvas. Sólo me faltaba tener que estar pendiente de un peligro indefinido, ponerme a imaginar las mil y una formas en que podía presentarse. ¿Tal vez un francotirador apostado en lo alto del depósito de agua?, ¿quizá un grupo de skins aburridos que tenían su punto de encuentro en esa ruta y al verme pasar decidirían patearme la cabeza? O, forzando un poco la imaginación, ¿arenas movedizas?, ¿algún descontrolado que ponía a todo volumen canciones de Barry Malinow?, ¿un animal salvaje que rondaba por allí?

Seguir corriendo

Imposible saberlo. La única opción a mi alcance era seguir corriendo, alejarme de allí y pensar que no tenía ningún sentido perder el tiempo acumulando mentalmente peligros reales o imaginarios que sólo servían para encabritar mis latidos y amargarme el entrenamiento. Haciendo acopio de un valor heredado de mis ancestros, pensé en mi amigo de hierro y decidí apropiarme de la filosofía vital de Astérix y Obélix, galos irreductibles que sólo temen que el cielo caiga sobre su cabeza. Al fin y al cabo, cualquier recta puede ser una encrucijada cuando no sabes adónde vas, pero yo tenía muy claro el destino de mis zancadas y aceleré sin mirar atrás, convencido de que ningún cataclismo podría alcanzarme por mucho que los malditos carteles me recordaran a cada paso que estaba a punto de caerme, que los horrores del mundo acechaban por todas partes con muy malas intenciones. Por si alguien lo dudaba, llegué a casa.

  1. Después de leerte no sé si regresar a casa y esconderme debajo de la cama. A ti por lo menos te han avisado jejeje.

  2. Muy de acuerdo con el tono, Josep. Ésa es la filosofía de cualquier corredor (y vitalista)que se precie de serlo.

    Mirar hacia delante, afrontar los retos que se nos presentan desde una actitud de amante del desafío (vale también de inquietud) y aprendizaje.

    Sólo de esta forma encontraremos no sólo el camino de vuelta a casa. Con suerte, también nos conducirá a un lugar fantástico, que ahora mismo ni acertamos a imaginar (aunque sólo sea por un breve tiempo).

  3. Xènia, creo que ni debajo de la cama estarías segura. Por de pronto, te recomiendo que mires bien en tu calle a ver si hay carteles. Y si los hay, analízalos con detenimiento.

    Así es, Pedro. Como buen vitalista, tú ya sabes cómo apañártelas para descubrir la magia en el rincón más insospechado, incluso en el camino de vuelta a casa.

  4. Decía Jean Paul Sartre: “Los tímidos tienen miedo antes del peligro; los cobardes, durante el mismo; los valientes, después”.

    ¿Quién eres tú?

  5. Desde luego que la situación es perturbadora. A los supuestos peligros que citas, yo añadiría estas posibilidades: ¿Será algún bromista que pretende asustar al personal, alguien interesado en alejar a cualquier curioso por alguna razón inconfesable o alguien que quiere que mejoréis los tiempos y con estos carteles aceleráis el paso, al verlos? Todo un misterio

  6. Pues la verdad, Ana, es que yo debo ser tímido, cobarde y valiente al mismo tiempo, porque el miedo nunca me abandona. Eso sí, cuando se manifiesta con más fuerza es durante el peligro, de manera que, pensándolo bien, debo ser un cobarde de campeonato.

    Sí, Antoni, cualquiera de las posibilidades que apuntas, por descabellada que parezca, podría ser real y responder a una explicación que ahora mismo se nos escapa. Es lo que tiene el misterio.

  7. linda lineas querido amigo, felicitaciones por el post siempre escribiendo cosas de categoria besos, casas de madera madrid

  8. Muchas gracias, Fiorella.

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