Depilación (I)

Puede que años atrás fuera una rareza, casi una excentricidad, pero la cantidad de atletas que se depilan es cada vez más grande. Ciclistas y nadadores llevan muchísimo tiempo haciéndolo, pero la lista es mucho más larga. En deportes como el culturismo es un requisito indispensable para lucir los músculos, pero en el caso de los corredores no acostumbra a ser nada más que un hábito encaminado a facilitar la labor de los masajistas o, en casos extremos, una necesidad psicológica derivada de la creencia de que con menos vello eres más ligero y, por lo tanto, más veloz.

Sea cual fuere el motivo, cada vez son más los corredores que deciden depilarse

Sea cual fuere el motivo, cada vez son más los corredores que deciden depilarse

No hace mucho leí una entrevista con Martín Fiz en la que el campeonísimo alavés afirmaba que se depilaba porque no quería ni imaginarse cómo podrían quedar las manos de un masajista tras trabajar todo el día entre marañas de pelo. En este caso, podríamos hablar de depilación por solidaridad, un motivo tan noble como (me temo) poco extendido.

Razones prácticas

Y es que buena parte de los atletas que se depilan lo hacen por razones prácticas, siempre en función de su actividad física. Algunos consideran que lucen mejor, otros están firmemente convencidos de que mejoran sus prestaciones y unos cuantos más opinan que así obtienen un mayor beneficio de los masajes. En función del deporte, la parte del cuerpo a depilar puede ser distinta, pero en el caso de los corredores populares es evidente que estamos hablando de las piernas. Cuando digo corredores siempre quiero referirme a corredoras y corredores, pero no soy nada partidario de remarcarlo cada vez que surge la ocasión y sólo lo hago si viene a cuento, como ahora. Porque es evidente que casi todas las mujeres se depilan (siempre hay excepciones), mientras que muchos hombres ni lo han hecho ni lo harán nunca.

Mi primera vez

Yo soy de los que sí lo han hecho, pero lo cierto es que empecé tarde y no he tenido demasiada continuidad. Fue unos quince años atrás, en la época en que frecuentaba los gimnasios, pesaba más de cien kilos y nunca acababa de verme lo bastante grande. La mayoría de los compañeros de entrenamiento se depilaban con asiduidad y no soportaban la idea de que se les viera un solo pelo en los brazos, el pecho, la espalda y, por supuesto, las piernas, las axilas y las ingles. Puede que no fuera una razón de mucho peso, pero me dejé llevar por la corriente mayoritaria y un día decidí probar. Como no tenía ni idea de lo doloroso que podía llegar a ser, decidí hacerlo a la cera. Reservé hora telefónicamente en un gabinete de estética de Girona y, aunque no recuerdo el precio, sé que cuando me lo comunicaron casi me eché atrás: era un pastón.

Tumbado en la camilla

Nunca he sido excesivamente peludo, aunque con los años voy notando que los pelos de los brazos adquieren una mayor densidad, igual que los del pecho y las piernas. En la espalda, por fortuna, casi no tengo ninguno. El caso es que decliné hacerme las ingles y, a regañadientes, acepté que también se encargaran de las axilas. Eran tres chicas y me pidieron que me quedara en calzoncillos y me tumbara en una camilla.

Una auténtica tortura

Cuando empezaron a extenderme la cera caliente –las tres al mismo tiempo en tres partes distintas del cuerpo– casi me pareció placentero, pero inmediatamente después comprendí que sería lo más parecido a una tortura que había vivido hasta entonces. Dolía. Y mucho. Para ser sincero, era como si me arrancaran la piel a tiras, como si me despedazaran vivo. Y lo peor de todo es que no podía salir huyendo sin desautorizar mi correr no es de cobardes. Tampoco quería gritar y pasar por una nenaza, pero os aseguro que mis alaridos se hubieran oído en quince kilómetros a la redonda. Resistí como pude esos tres cuartos de hora de martirio, que llegaron a su punto culminante cuando le llegó el turno al pecho y a la zona de los pezones. Admito que cada vez que me arrancaban un trozo de piel (vale, sólo era una ristra de pelos) calmaban al instante mi dolor colocándome la mano encima, pero como eran tres y sólo estaban coordinadas para dejarme depilado lo antes posible no dejé de sufrir ni un solo segundo. Lo peor era mantener la compostura, aparentar que no me dolía, que para mí eso no era nada. Ignoro si conseguí engañarlas. Lo único seguro es que nunca más volví a depilarme a la cera.

  1. Por un momento, cuando lo de la camilla, he pensado que ibas a iniciar un relato pornográfico jejeje. Muy divertido. Está bien que sepáis lo que sufrimos al depilarnos.

  2. Inés Cebrián 14 enero 2009, 12:28 pm

    Supongo que nunca antes habías estado tan cerca del infierno y del paraíso a la vez.

  3. Josep Pastells 14 enero 2009, 13:21 pm

    Tal vez me hubiera desviado un poquitín de lo que se espera de este blog, Xènia jeje.

    Muy bien resumido, Inés. Varias sesiones como esa deben ser equiparables a arder entre las llamas.

  4. Yo, como no me “depilo” ni la cara, pero vaya, entiendo las razones por las que la gente se depila. Pero me gusta mas lo que decimos por aquí: “donde hay pelo, hay alegría”

  5. Josep Pastells 15 enero 2009, 10:34 am

    Al leerte, Antoni, he sentido escalofríos al imaginarme a un barbudo depilándose a la cera. Visto así, creo que también me inclino por el dicho que comentas.

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