Gloria olímpica (XIII): Alain Mimoun

La guerra fría se hizo notar con fuerza en los Juegos de Melbourne en 1956. El evento, que se desplazaba por primera vez hacia el hemisferio sur, estuvo marcado por los serios litigios que asolaban el planeta. Los tanques de la URSS habían entrado ese mismo año en Budapest, lo que provocó que Holanda y Suiza decidieran boicotear las Olimpiadas. Por su parte, Etiopía, Líbano e Irak renunciaron a participar en protesta por la intervención anglo-francesa en el canal de Suez. A pesar de todo ello, el Melbourne Cricket Ground registró un lleno absoluto (110.000 espectadores) en la ceremonia inaugural, presidida por Felipe de Edimburgo. El francés Alain Mimoun, que cuatro años atrás había sido superado por Zatopek en Helsinki, se llevó la medalla de oro en maratón.

El francés nacido en Argelia Alain Mimoun consiguió la gloria en 1956

El francés nacido en Argelia Alain Mimoun consiguió la gloria en 1956

La apertura de los Juegos reunió a casi 4.000 atletas en representación de 67 países. El calor era tan intenso que cerca de 300 personas se desplomaron a causa de insolaciones. Todo un contraste con la ola de frío que recorrió el estadio durante el desfile de la delegación soviética, presidido por un silencio sepulcral. Los atletas húngaros, en cambio, fueron recibidos con grandes ovaciones. Días después, soviéticos y húngaros trasladaron a la piscina la disputa política de ambos países: la final del torneo de waterpolo (4-0 para Hungría) estuvo repleta de agresiones y más de un jugador salió sangrando del agua.

Fuerte rivalidad

Melbourne había conseguido la nominación con un solo voto de diferencia respecto a Buenos Aires. Aunque ninguna capital europea se había interesado por organizar los juegos, éstos eran pretendidos por hasta siete ciudades americanas.

Dominio norteamericano y soviético

Los grandes dominadores de las pruebas de atletismo fueron norteamericanos y soviéticos. Entre estos últimos sobresalió el marinero ucraniano Vladimir Kuts, todo un maestro de los cambios de ritmo que se impuso en los 5.000 y 10.000 metros. La gesta del velocista neoyorquino Robert Morrow fue aún mayor: ganó en los 100, 200 y relevos 4×100, acercándose mucho a la proeza de su compatriota Owens veinte años atrás en Berlín.

El ocaso de Zatopek

El gran fondista checo Emil Zatopek también participó en los Juegos de Melbourne, que asistieron a su ocaso como corredor. A sus 35 años, sólo logró quedar sexto en el maratón, aunque su capacidad de sufrimiento se mantenía intacta y fue largamente ovacionado por los espectadores de la prueba.

Triunfo de un veterano

Curiosamente, el triunfo se lo adjudicó un maratoniano de su misma edad, el francés de origen argelino Alain Mimoun, a quien Zatopek había privado del oro en los 5.000 y 10.000 metros cuatro años antes en Helsinki. En esta ocasión, Mimoun fue el gran dominador del maratón y, con un registro de 2h 25’00 se impuso con absoluta claridad al yugoslavo Mihalic (2h 26’32”).

Abrazo entre campeones

El fondista francés también venció a la superstición: se alzó con el oro pese a llevar el número 13 a la espalda. Cuando Zatopek llegó a la meta, ambos atletas se abrazaron y el capitán checo le dijo que se había merecido la medalla por su constancia. Mimoun, que justo antes de la carrera supo que su mujer acababa de dar a luz una niña, decidió en ese instante que le pondrían el nombre de Olimpia.

  1. Historias con el aliento de los grandes corredores, que cincelaron sus gestas a golpe de sufrmiento y fe ciega en la victoria. Todo un regalo conocer estas gestas.

    Olimpia, qué nombre más bonito! La pena es que no acabo de verlo funcionando en una vida de barrio como la que llevo-llevaré.

  2. A mí lo que me revienta es que él decidiera-impusiese el nombre de la niña, por muy campeón olímpico que fuese.

  3. Bueno, Ariadna, eran otras épocas y además era de origen argelino… no es un comentario para nada racista, sólo expreso una realidad.

  4. Josep Pastells 10 marzo 2009, 14:16 pm

    Sí, Pedro, ya nos vamos acercando a nuestra época; bueno, a la mía, que en México 1968 yo ya tenía dos años y a ti te faltaban once para nacer. Sí hombre, sí, claro que Olimpia tendría lugar en tu vida de barrio, aunque lo más probable es que acabárais llamándola Oli.

    Tienes toda la razón, Ariadna, pero la verdad es que no sabemos si a la madre le pareció bien o mal. En cualquier caso, lo de elegir unilateralmente el nombre no sería más que una pequeña anécdota en comparación con otras discriminaciones mucho más graves que, como apunta Xènia, eran (y siguen siendo) propias de ciertos países.

  5. La verdad, Josep, es que estaba pensando sobre todo en el diminutivo, porque decir un nombre con tanta enjundia como ese cada dos por tres acabaría siendo forzado… Pensé, efectivamente, que la acabríamos llamando Oli y no me acaba de seducir la idea.

    Aprovecho la deriva de la conversación para invitaros a compartir cuáles son vuestros nombres favoritos. Los míos podrían ser Natalia y Javi.

  6. Josep Pastells 10 marzo 2009, 19:09 pm

    Bueno, Pedro, yo tengo un amigo que se llama Olivas de apellido y muchas veces le llamamos Oli. No suena tan mal, o quizá es que ya estoy acostumbrado. ¿Nombres favoritos? Inés y Pol, por ejemplo.

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