Interrupciones callejeras (II)

Acción y efecto de interrumpir en la calle, rezaría un hipotético diccionario que incluyera el concepto que da título a este post. Como estamos en un blog de maratón, estas interrupciones afectan directamente a nuestras zancadas, pero también pueden atravesarse con nuestros pensamientos y dar al traste con una sesión que hasta entonces estaba siendo magnífica. Y es que si entrenamos en la calle (o en el parque, o en cualquier lugar público) siempre estamos expuestos a que alguien o algo dificulte nuestros objetivos e incluso nos impida llevarlos a cabo.

Ya comentamos en su momento esos incidentes con perros

Ya comentamos en su momento esos incidentes con perros

En la última entrega, centrada en una sesión bastante accidentada, mencioné de pasada a los peatones que se cruzaron en mi camino, incidí un poco más en una perra (Luna, si no recuerdo mal) que amenazó con morderme y dediqué buena parte de mi atención al conductor de una furgoneta que echó a perder mis esfuerzos para lograr una marca determinada. Hoy quiero hablar un poco más de lo complicado que puede llegar a ser seguir un circuito concreto, sobre todo si intentas arrancar segundos al cronómetro. Porque una cosa es salir a correr sin plantearte ningún objetivo de tiempo –las posibles interrupciones no tendrían mayor importancia– y otra muy distinta hacerlo con la firme voluntad de comprobar tus marcas y afinar tu puesta a punto para alguna competición. En este segundo caso, cualquier acción que te corte el ritmo puede hacer inútiles todos tus esfuerzos y dejarte con sensaciones muy parecidas a las que provoca un récord frustrado.

Series de mil metros

Relataré una escena que se produjo hace más o menos un año al lado de casa. Faltaba poco más de una semana para la Media Maratón de Getafe y me disponía a realizar seis series de mil metros, a un ritmo que debía empezar en 4.30 y acabar en 4.15. Hacía mucho frío y no tenía ganas de alejarme demasiado, por lo que opté por utilizar una senda de aproximadamente metro y medio de ancho en la que tenía perfectamente medidos doscientos metros. Cinco rectas equivalían a un kilómetro. Tal vez los giros resultaban un poco molestos, pero me los tomaba como un buen entrenamiento de tobillo.

Sin obstáculos

Siete de la mañana. Caliento cinco o seis minutos, un trote suave que me activa la circulación. Cuando ya estoy a punto, pongo en marcha el cronómetro y empiezo a correr. Como casi siempre, empiezo demasiado rápido, pero al cabo de tres rectas cojo el ritmo deseable y completo el primer kilómetro en 4.29. Perfecto. Descanso un minuto y vuelvo a la carga. En el segundo kilómetro me cruzo un par de veces con una mujer que pasea a su galgo, pero cada vez que paso a su lado se apartan, respetuosos, y puedo acabar en 4.22. Esto va bien. La tercera y cuarta serie (4.20 y 4.18) me indican que voy por el buen camino, algo que se confirma en la quinta (4.16). Sólo me queda echar el resto en la última, tal vez bajar un poquito de los 4.15.

Aparición final

Entonces aparecen ellos. Un hombre ya mayor, de por lo menos 70 años, y un pastor alemán que, en proporción, debe tener por lo menos su misma edad. Lo lleva atado con una de esas correas que se extienden y, ciertamente, le concede un gran margen de maniobra, tal vez siete u ocho metros. Se internan en la senda justo por el punto de salida de mi circuito, con lo que puedo correr sin problemas la primera recta. Ya en la segunda, el perro se me queda mirando cuando paso a su lado, pero no parece agresivo. Tengo que modificar ligeramente mi dirección, pero no pasa nada, voy bien. En la tercera recta confirmo que si sigo así me acercaré mucho a los cuatro minutos justos, pero entonces, cuando estoy completando la cuarta, veo ante mí la correa extendida que ocupa toda la senda.

Paso bloqueado

En un alarde de agilidad, salto por encima y no me pego una leche de milagro. Juraría que el amo del pastor alemán ha levantado a propósito la correa, pero quizá son imaginaciones mías. El caso es que ni se ha molestado en apartarse él o apartar al perro, pero estoy con las pulsaciones a tope y no puedo ni quiero pararme a discutir. Empiezo la quinta recta y siguen bloqueando el paso. Esta vez decido salirme de la senda, con la consiguiente pérdida de tiempo, y acelero a tope hasta completar el último kilómetro en 4.10. Bastante bien, pero de no ser por el amo (no creo que deba culpar de nada al perro) lo hubiera hecho mejor. Cuando vuelvo a pasar por su lado, en un ligero trote que me llevará directo a la ducha, juraría que me miran en plan guasón, pero decido que no tendría ningún sentido proponer un diálogo socrático. No vaya a ser que me lleve un mordisco.

  1. La verdad es que así es imposible entrenar bien. Deberías apuntarte cuanto antes en un club de atletismo.

  2. Josep Pastells 17 enero 2009, 17:12 pm

    Supongo que sería lo más práctico, Xènia, pero me gusta demasiado ir a mi aire y le vería más inconvenientes que ventajas.

  3. Como te decía en el anterior post: “una carrera de obstáculos”. De todas maneras, creo que no deberías obsesionarte tanto con el crono, quizás tendrías que marcarte tramos mas largos, de varios kilómetros, i ser menos estricto con el crono, pero no me hagas mucho caso, es solo mi opinión

  4. Josep Pastells 18 enero 2009, 11:12 am

    Ya, Antoni. Algunas veces incluso salgo sin crono, sólo por el placer de correr, y no me fijo para nada en lo que tardo ni en la distancia que recorro. Pero otras, sobre todo si se acerca una media maratón o un maratón, admito que ya estoy más pendiente de lo que tardo, aunque sólo sea para compararme conmigo mismo.

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