Un Atleta

Este relato recibió el tercer premio en el I Concurso de Relatos de maraton.es. Su autor es José Fernández del Vallado, ganador de un magnífico libro sobre maratón; ahora queremos compartir esta gran historia con todos vosotros.

Tercer premio del I Concurso de Relatos maraton.es

Tercer premio del I Concurso de Relatos maraton.es

No sabría decir cuándo comenzó a agradarme correr, creo que fueron los recuerdos, al hacerlo era capaz de soñar con mi padre con una claridad sin igual, e incluso podía comunicarme con él…
-Veamos, una vez más, – repetía al oído mi entrenador después de una serie de carreras de cincuenta metros– Pastrana siempre es el primero y tú Valdés, segundo. Demasiado bueno… ¿no? ¿No podrás invertir los resultados?
Yo escupía la bilis que se acumulaba en mi garganta y afirmaba con la cabeza. Él sonreía, me daba dos cachetes, y me enviaba a la ducha. Me cambiaba y apurado tomaba el autobús veintiuno hasta la plaza central.

En el supermercado dejaba un par de monedas a Juan, el paralítico que aguardaba a la entrada, compraba deteniéndome apenas unos minutos en el puesto de verduras de Lorena.
– Qué tal, Valdés. ¿Ganaste? Yo desviaba la vista sobre unos racimos de uvas.- Ah, hiciste segundo, genio. ¡Ya ganarás! Además ganar es lo de…
– Sí… lo sé. Pero se burla.
– Quién
– Ése… Pastrana.
– ¿De ti?
– ¿De quién va a ser…?
– Tranquilo, no te enfurezcas. ¿Eh?
Me gustaba Lorena, pero mis pesadillas eran con Pastrana, y sus humillaciones, continuas. Todo por ser un eterno segundón. Y no estaba mal, yo era bueno, un gran atleta, y me había costado mucho llegar a donde estaba; pero él, en la media maratón, era el mejor.

Después volvía a casa. Mamá llegaba del trabajo cansada y de mal genio. Que si fueras como tu padre y ganaras dinero, que tu padre se murió de tanto trabajar, que ahora me tocará a mí, solo sabes estudiar y correr mal, y por qué no dejas de correr como un pato mareado. Cenábamos en silencio, recogía y lavaba la vajilla, planchaba la ropa para el día siguiente, me duchaba frotándome bien con jabón Heno de Pravia, me afeitaba cortándome siempre en la barbilla, y me encerraba en la habitación. Ponía un Cd de Damien Rice me colocaba los auriculares y me transportaba a la sierra y a un día de campo primaveral, aireado por una suave brisa fresca del norte que alborotaba mis cabellos. Yo estaba sentado bajo un pino, papá cocinaba en una parrilla chuletas y choricitos que olían a placer. Entonces quería hablar y preguntarle cosas, como por qué se había ido, pero no era como en las carreras, apenas lo intentaba se atenuaba y se esfumaba y todo volvía a ser igual; es decir, real.

Llegaba otro fin de semana, y una nueva prueba que afrontar en el calendario. Daban la salida. Al principio me costaba arrancar; todo era lento y pausado. Mover un pie, colocarlo delante del otro, la respiración desigual, las articulaciones de los brazos punzaban, hasta que comenzaba a meterme en carrera; sólo lo conseguía cuando me olvidaba que estaba corriendo. De pronto todo empezaba a funcionar; mis piernas rendían y lograban alcanzar su progresión machacante, mi respiración se transformaba en suspiro, y no necesitaba hacer más, sucedía. En un momento mi padre estaba avanzando a mi lado, oía su respiración, los latidos de su corazón, e incluso sentía su piel rozar mi hombro y al hacerlo, causar un centelleo de calor agradable que multiplicaba mis sensaciones de bienestar. Entonces le preguntaba por qué se había ido y él evitaba responderme. En cambio, me daba una lección sobre cómo ser mejor atleta. De repente alguien me daba un empujón a mis espaldas, el sueño se evaporaba y al despertar me sumía en una brusca sensación de agotamiento. Justo en ese instante oía su voz, me decía: “Hola y adiós, segundón.” Era Pastrana. Me superaba mientras yo me esforzaba en mantener la cadencia perdida, la elegancia, el estilo, y me volvía un don nadie al que le costaba muchísimo progresar. Pero la distancia con el tercero era tal que llegaba segundo de nuevo. Reventado, caía a los pies de Pastrana, quien se burlaba de mí. Los días pasaban con el tedio habitual; los entrenamientos, los exámenes, mi madre siempre irritada.

Llegó el fin de curso y con él también la final, la hora de dirimir quién se llevaba el campeonato. Por supuesto, había un favorito: Pastrana, luego estábamos los demás. Dieron la salida, sabía que no iba a ser una carrera corriente, en aquella concentración estaban los mejores. Lo cual quería decir que todos ellos corrían duro; y así fue. En unos instantes yo era el último. Nada funcionaba. Ni ritmo, ni compás respiratorio, ni fuerzas. Volví la cabeza y vi a mi padre a mi lado, me dijo. “Hijo si nada te sale ¿para qué quieres correr? Siéntate aquí, a mi lado, descansa y hablemos.” Lo hice, y no por que lo deseara, sino porque mis piernas parecían puntales de plomo. Una vez estuvimos sentados me miró fijamente y me hizo la pregunta. “¿De verdad te interesa saber cómo fue mi muerte?” Emocionado, le respondí afirmativamente. Bajó la cabeza y repuso: “De acuerdo, pero a lo mejor no te enorgulleces de mí.” Y preguntó. “¿Recuerdas mis lecciones?” Y pregunté. – ¿Las de ser mejor cuando sea mayor? “Sí.” – Pues claro. Y añadió: “Eso es todo lo que de verdad debe importarte. ¿Me lo prometes?” – Prometido. “Bien. Ahora escucha y mira con atención.” Entonces vi todo con claridad. Mi padre tuvo un accidente, se despeñó por un barranco y cayó al mar. La cuestión… No estaba solo, sino acompañado por otra mujer. Aún así traté de defenderlo. – Te comprendo papá… Con el mal genio que tiene mamá, cualquiera la aguanta. Me miró con seriedad y me dijo. “Parece imposible que se te haya olvidado como es tu madre. Ella es atenta y trabajadora… Pero creo que tienes razón. Atraviesa por un mal momento y es un poco inaguantable; sí, tal vez tengas razón y por eso me fui con Jaquelín.” Lo miré sorprendido y repuse. – ¿Ah sí? Pues ella siempre te defiende. Sonrió con naturalidad y dijo. “Y siempre lo hará, porque me amó y me sigue amando, y me tiene en un pedestal. Ella ya me ha perdonado. ¿Qué piensas tú?” – ¿Yo? Pues que tú eras increíble papá, fuiste un padre genial. Aunque… quizá un poco fresco y egoísta con lo de Jaquelín. ¿No te parece? Me miró con seriedad, parecía pensativo, y quizá lo estuviera. Me dijo. “Mira Valdés, si quieres ser un verdadero ganador, habrás de saber elegir las mejores cartas y desechar las malas, yo lo hice así. Por eso elegí a Jaquelín. Pero al final cometí un despropósito y transformé placer en error. ¡Fallé! Por eso te doy lecciones, para que antes de cometer una estupidez pienses en lo que debes de hacer para superar a Pastrana y alcanzar en lugar de la agonía, la gloria.” – Ya… “Dime ¿qué tal te encuentras ahora?” Lo miré sonriente y feliz y respondí. – Fantástico papá. Poniéndome las manos sobre los hombros, dijo. “Entonces podrás hacerlo.” – ¿El qué? “Adivínalo.” Me dio un beso y se esfumó.

Me encontré corriendo sobre un campo reseco, era pleno mes de junio y la prueba además de ser dura de por sí, se disputaba a cuarenta grados centígrados. Los demás debían de estar todos delante ya que no veía a ninguno. Si quería alcanzarlos, habría de esforzarme al máximo. De súbito, me fijé en algo que no había advertido con anterioridad. A mi izquierda se abría una senda, intuitivamente me desvié y cuando salí, a apenas doscientos metros, estaba la línea de meta y a derecha e izquierda el público, enardecido, vitoreaba y aplaudía sin cesar. Iba a atravesar la cinta cuando escuche la respiración de mi padre. Se adelantó a mí y me dijo. “Muy bien hijo, así se hace. Intuición y buena elección. Pero vamos. ¡Ahora es cuando debes de dar el Do de pecho!” Alcancé la meta. Era la primera vez que retiraba la cinta. ¡Había ganado! Pastrana apareció colorado, cruzó la meta se detuvo y vomitó. Comenzó a señalarme y a protestar. – ¡Ha hecho trampas! Dijo. ¿Cómo ha podido superarme si no? Yo lo miraba perplejo, mientras a mis espaldas, mi padre me incitaba. “¡A qué esperas hijo! ¡Niégalo! Niégalo y mófate. Es tu ocasión. Es lo que él hace siempre contigo.” Fui incapaz de articular nada en su contra y menos, de mentir en mi defensa. El jurado me descalificó y Pastrana volvió a ganar. Pero aquella vez no las tuvo todas consigo, pues a partir de ese día, comencé a superarlo con facilidad tantas veces como quise.

  1. Excelente relato, emocionante y con una lección de vida.

    Saludos.

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