Una forma de luchar

En la ópera prima de Carla Subirana, Nadar, la cámara pugna por filmar a contrarreloj aquello que la memoria destruye sin remedio. En el último film de Ridley Scott, Red de mentiras, los estereotipos del clásico thriller de espionaje se suceden uno tras otro para abrir ante el espectador un abanico de personajes instalados en el engaño y la falsedad. Si comparo ambas películas, en principio incomparables, el drama de la batalla contra el alzheimer me parece mucho más interesante que la recreación de un mundo poblado por gente sin escrúpulos. Tal vez sea porque, como corredor, me identifico mucho más con todo lo que implique luchar.

Todo buen maratonista tiene dentro un luchador
Seamos sinceros. Nos gusta correr y lo pasamos realmente mal cada vez que, por la razón que sea, tenemos que suspender o posponer una salida, pero calzarse las zapatillas también representa un esfuerzo y, en muchas ocasiones, nos obliga a desestimar otras actividades que a menudo nos tientan con fuerza. Con la multitud de ofertas que nos llegan desde todos los ángulos (la familia, los amigos, el cine, la televisión, internet…), decantarse por el running sólo puede ser el resultado de una decisión que, como todas, se concreta tras descartar muchas otras opciones, a menudo más fáciles y en apariencia más placenteras.

Un momento crucial

Correr siempre equivale a luchar. Contra la obesidad, las condiciones climatológicas o el terreno, pero también contra la sensación de que no estamos haciendo lo que realmente deseamos hacer. Cuando nos asalta esa duda nos enfrentamos a uno de los momentos más cruciales que puede vivir un corredor. De la respuesta que obtengamos en nuestro interior dependerá nuestro futuro atlético. Si concluimos que la alternativa elegida, correr, es la que más importancia tiene para nosotros en ese momento, es muy posible que salgamos vencedores. Si, por el contrario, decidimos que nos apetece más estar haciendo otra cosa, no hay que descartar que nuestro interés por el running sea tan pasajero como el que podemos sentir por la última película de Van Damme.

Una línea muy fina

Sin embargo, a todos nos ha ocurrido que un día concreto no tenemos ganas de entrenar y, en consecuencia, no entrenamos. No pasa nada, no somos robots. El problema surgirá si esto se repite con demasiada frecuencia e interfiere en nuestros objetivos como corredores. Si simplemente intentas estar en forma y mantener los kilos a raya, te bastará con dos o tres sesiones semanales y no pasará nada si te saltas alguna de las programadas. Si estás entrenándote para carreras de diez kilómetros o una media maratón, tampoco tiene mayor importancia que de vez en cuando renuncies a algún entrenamiento. Incluso si estás preparando un maratón puedes permitirte algún cambio de planes. Pero cuidado. La línea que separa los caprichos momentáneos del abandono es muy fina, y tan personal que sólo tú sabrás cuando la estás sobrepasando.

Somos libres

Por fortuna, la mayoría de nosotros (que nos podemos permitir escribir o leer blogs como éste, correr cuando nos venga en gana o tomar muchas otras decisiones relacionadas con nuestro presente y futuro) somos lo suficientemente libres para orientar nuestra capacidad de elección hacia donde más nos convenga. Y correr, espero que estaréis de acuerdo, es una elección individual que siempre comporta luchas y renuncias, victorias y hallazgos. En mi caso, creo que ya lo habéis notado, lo de correr me sale del corazón.

  1. Correr es como una metáfora de la vida, Josep. Y a ti siempre se te ha dado bien lo de las metáforas.

  2. A veces cuesta tomar la decisión de salir a correr, i si no te auto impones la obligación de hacerlo, es muy probable que no salgas. En mi caso, me siento mucho mejor después de salir a correr el día que no me apetecía, que cuando no he salido y tenía intención de hacerlo.

  3. ¿Estás de bajón?

  4. Gracias, Ari.

    Tienes razón, Antoni, a mí me sucede algo parecido.

    No, Ana, en absoluto. Estoy telegráfico, eso sí.

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